Columnas de opinión
Cada lunes una columna sobre el futuro que ya empezó: vigilancia, algoritmos, poder y resistencia humana. Por Rolando Fryderup, escritor chileno desde Pucón.
R. F. Krause
En varias fronteras del mundo, negarte a entregar la contraseña de tu teléfono es motivo de detención.
En colegios de China, cámaras con inteligencia artificial analizan la atención de los estudiantes cada treinta segundos.
En Suecia, miles de empleados se han implantado un chip en la mano para abrir puertas, pagar café y usar la impresora.
Las zapatillas inteligentes saben dónde corres, el reloj sabe cuándo duermes, la ropa deportiva mide tu corazón, el anillo rastrea tu temperatura corporal, el sostén deportivo monitoriza tu respira...
Se llaman ciudades inteligentes y suenan maravillosas: semáforos que se adaptan al tráfico, basura que se recoge sola, energía que se optimiza, servicios que se anticipan a tus necesidades.
Si alguien accediera a todo lo que buscaste en Google en el último año, ¿qué revelaría? Tus miedos, tus síntomas, tus dudas, tus curiosidades, tus obsesiones, tus deseos más íntimos.
Netflix sabe cuándo pausas, cuándo rebobinas, cuándo abandonas. TikTok predice tu estado de ánimo con tres videos que ves.
Caminas por una calle de Londres y trescientas cámaras saben quién eres. En Moscú, el sistema de reconocimiento facial se usó para identificar y detener a manifestantes en las protestas de 2021.
En China existe un sistema que puntúa cada aspecto de tu vida: cómo conduces, qué compras, con quién te relacionas, si pagas a tiempo, si cruzas la calle en rojo.
Hablemos de lo que nadie quiere admitir: tu teléfono te escucha. No es paranoia, es ingeniería.