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Vigilancia

El crédito social ya existe

Rolando Fryderup · 17 de julio de 2026 · 3 min de lectura

En China existe un sistema que puntúa cada aspecto de tu vida: cómo conduces, qué compras, con quién te relacionas, si pagas a tiempo, si cruzas la calle en rojo.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# El crédito social ya existe

En China existe un sistema que puntúa cada aspecto de tu vida: cómo conduces, qué compras, con quién te relacionas, si pagas a tiempo, si cruzas la calle en rojo. Ese puntaje decide si puedes comprar un boleto de tren, si tus hijos entran a la mejor escuela, si te conceden un préstamo o si te niegan la entrada a un restaurante. Se llama sistema de crédito social y, aunque suene a guion de ciencia ficción, ya afecta a más de mil millones de personas.

El gobierno chino lo presenta como una herramienta de confianza: si cumples las reglas, eres recompensado; si las violas, eres sancionado. La lógica parece impecable hasta que te preguntas quién define las reglas. En un sistema donde el Estado decide qué conducta merece premio y cuál castigo, la línea entre ciudadano y sujeto se difumina. Un ciudadano libre puede disentir; un sujeto de crédito social no puede permitirse el lujo de la disidencia porque cada paso en falso se traduce en un número que disminuye. Y ese número, una vez bajo, es casi imposible de recuperar: los descuentos se acumulan, las puertas se cierran, las oportunidades desaparecen.

Pero cometemos un error si creemos que esto es exclusivamente chino. Occidente tiene sus propios sistemas de puntuación, solo que los llamamos de otra manera. Tu calificación crediticia determina si puedes alquilar un departamento, acceder a una tarjeta o conseguir un empleo. Las aseguradoras analizan tu historial de navegación para fijar tu prima. Los empleadores revisan tus redes sociales antes de contratarte. El mecanismo es menos explícito pero el resultado es análogo: un algoritmo decide tu valor social y económico sin que tú puedas apelar la sentencia.

La diferencia radica en la transparencia. El crédito social chino es brutalmente explícito: sabes que te vigilan y sabes que tu puntaje baja. En Occidente, la vigilancia es invisible, los algoritmos son cajas negras y las decisiones se atribuyen a factores técnicos que nadie explica. Ambos sistemas producen el mismo efecto: conformidad. Cuando sabes que cada comportamiento es medido, ajustas tu conducta. No porque quieras, sino porque no puedes permitirte no hacerlo.

En Chile conocemos bien los sistemas que clasifican vidas. El DICOM, el registro de deudores, decide si puedes arrendar, trabajar, existir financieramente. No es un crédito social oficial, pero funciona como uno: te puntúa, te excluye, te define. La diferencia con el sistema chino es de grado, no de naturaleza. Ambos producen lo mismo: sujetos obedientes que no ciudadanos libres. Como escritor desde Pucón, observo cómo estos mecanismos se naturalizan, cómo el miedo al puntaje bajo reemplaza al miedo al castigo. En "El crudo invierno del 91" retrato un país donde la obediencia se mide en números.

Como escritor, me fascina y me horroriza esta normalización del control. La distopía no llega con tanques y banderas; llega con una aplicación que te da puntos por ser bueno y te los quita por pensar distinto. Y lo más perturbador es que muchos la celebran como progreso. El crédito social, en cualquiera de sus formas, no es un sistema de confianza: es un sistema de obediencia. Y la obediencia no es virtud ciudadana; es el cemento de los regímenes que temen la libertad.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

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