Vigilancia
La ciudad que te vigila sonriendo
Se llaman ciudades inteligentes y suenan maravillosas: semáforos que se adaptan al tráfico, basura que se recoge sola, energía que se optimiza, servicios que se anticipan a tus necesidades.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# La ciudad que te vigila sonriendo
Se llaman ciudades inteligentes y suenan maravillosas: semáforos que se adaptan al tráfico, basura que se recoge sola, energía que se optimiza, servicios que se anticipan a tus necesidades. Barcelona, Singapur, Copenhague se presentan como modelos de eficiencia urbana. Pero cada sensor que mide la calidad del aire también mide cuántas personas respiran, cada cámara que detecta incidentes también detecta caras, cada wifi público que te conecta también rastrea tu ubicación. La ciudad inteligente es el caballo de Troya de la vigilancia masiva.
Nadie se opone a vivir en una ciudad más eficiente, más limpia, más segura. El problema es que la infraestructura que hace posible esa eficiencia es la misma que hace posible el control total. Un sistema que sabe cuántos autos pasan por una calle también puede saber cuántos manifestantes se congregan en una plaza. Un sensor que mide la temperatura ambiente puede medir tu temperatura corporal. Una red que optimiza el transporte puede optimizar el movimiento de las personas. La diferencia entre servicio y vigilancia no es técnica: es política, y depende enteramente de quién opera el sistema y con qué fines.
El concepto de ciudad inteligente fue concebido por empresas tecnológicas como IBM y Cisco como una solución a los problemas urbanos. Pero como advierte la investigadora Shoshana Zuboff, la lógica subyacente es la extracción de datos: la ciudad no es inteligente por sí misma, sino porque constantemente genera información sobre sus habitantes. Y esa información es la materia prima del capitalismo de vigilancia. La ciudad inteligente no te sirve a ti; tú sirves a la ciudad inteligente, proporcionándole los datos que necesita para optimizar su operación y, de paso, para conocerte mejor que cualquier sistema de inteligencia del pasado.
En América Latina, las ciudades inteligentes se venden como sinónimo de modernidad. Medellín, Buenos Aires, Santiago compiten por ser las más inteligentes del continente. Pero la pregunta que nadie hace es: inteligente para quién. ¿Para el ciudadano que quiere cruzar la calle más rápido o para el sistema que quiere saber dónde está en cada momento? ¿Para la comunidad que necesita mejores servicios o para la empresa que quiere mejor datos?
La comodidad como carcelero es la imagen más perturbadora que he explorado en mi ficción. En "El crudo invierno del 91", los personajes habitan una ciudad donde todo funciona tan perfectamente que la pregunta por la libertad parece una inconveniencia. Desde mi Pucón natal, donde el frío te recuerda que la naturaleza no negocia, observo cómo las ciudades inteligentes ofrecen un confort que adormece la conciencia crítica. El carcelero no lleva llaves ni uniforme: lleva datos y sonrisas. Y la celda no tiene rejas: tiene wifi gratuito, semáforos eficientes y la promesa de que alguien siempre sabe qué necesitas.
En mis ficciones distópicas, la ciudad inteligente es el escenario perfecto: un lugar donde todo funciona, donde nada falta, donde la eficiencia es absoluta y la libertad es el pequeño precio que nadie nota que pagó. Porque la ciudad que te vigila sonriendo no te obliga a nada. Simplemente te hace tan cómodo que nunca quieres irte. Y mientras tanto, te conoce mejor que tú mismo. Esa es la trampa más elegante jamás diseñada: una jaula tan cómoda que confundes con un hogar.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile