Poder
Tu voto no cuenta
Imagina una elección donde todo parece democrático: hay urnas, hay boletas, hay observadores internacionales, hay discursos y debates y promesas.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# Tu voto no cuenta
Imagina una elección donde todo parece democrático: hay urnas, hay boletas, hay observadores internacionales, hay discursos y debates y promesas. Pero el resultado ya está decidido. No porque alguien haya rellenado las urnas la noche anterior, sino porque el sistema entero está diseñado para que una opción tenga todas las ventajas y la otra todas las desventajas. Esto no es ficción: es la descripción exacta de cómo funcionan las elecciones en Belarus, Venezuela y Rusia en la segunda década del siglo XXI.
En Belarus, Aleksandr Lukashenko se ha reelegido consecutivamente desde 1994. Las elecciones de 2020, que la oposición reclamó como fraudulentas, desataron protestas masivas y una represión brutal que incluyó tortura, encarcelamiento y exilio forzado de candidatos opositores. En Rusia, las elecciones presidenciales de 2024 se celebraron sin oposición real: los candidatos independientes fueron inhabilitados, el candidato más popular estaba preso, y los observadores documentaron coerción en mesas de votación. En Venezuela, las elecciones de 2024 fueron cuestionadas por múltiples organismos internacionales tras la proclamación de resultados que la oposición, con actas en mano, denunció como falsos.
Lo que estas experiencias comparten es la fachada democrática. Las dictaduras del siglo XX no se molestaban en simular: simplemente no había elecciones. Las autocracias del siglo XXI aprendieron que la apariencia importa más que la realidad. Mantienen las formas, invitan a observadores amigos, publican resultados con decimales que parecen creíbles. Como escribió el politólogo Steven Levitsky, el autoritarismo competitivo es un régimen donde las instituciones democráticas existen pero los titulares las usan como herramientas de poder, no como límites.
Desde mi rincón en Pucón, observo cómo en América Latina la desconfianza electoral crece como hiedra. No hacen falta fraudes espectaculares: basta con el uso de recursos del Estado para campañas, con la desinformación en redes, con la inhabilitación arbitraria de candidatos, con un sistema electoral que beneficia al gobernante. Cada manipulación pequeña erosiona la fe colectiva en el voto. Y cuando la gente deja de creer que su voto importa, deja de votar. Y cuando deja de votar, la autocracia gana sin necesidad de fraudes.
La distopía más eficaz no es la que elimina las elecciones: es la que las vacía de significado. Una urna vacía de contenido es más peligrosa que una urna inexistente, porque permite al poder decir «somos democráticos» mientras consolida su control. Tu voto no cuenta, pero la ficción de que cuenta es lo que sostiene al sistema. Y mientras creamos en la ficción, seguiremos votando en elecciones que ya están decididas.
La lección para cualquier democracia que aspire a ser genuina es clara: las elecciones no se protegen con urnas, se protegen con instituciones independientes, con prensa libre, con jueces que no respondan al poder de turno. Cuando esos pilares se debilitan, las elecciones se convierten en teatro, y el teatro, por muy bien montado que esté, nunca fue democracia. El voto que no cuenta es el primer síntoma de una enfermedad que, si no se trata a tiempo, termina con el paciente en la morgue de la historia.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile