Vigilancia
Tu ropa tiene GPS
Las zapatillas inteligentes saben dónde corres, el reloj sabe cuándo duermes, la ropa deportiva mide tu corazón, el anillo rastrea tu temperatura corporal, el sostén deportivo monitoriza tu respira...
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# Tu ropa tiene GPS
Las zapatillas inteligentes saben dónde corres, el reloj sabe cuándo duermes, la ropa deportiva mide tu corazón, el anillo rastrea tu temperatura corporal, el sostén deportivo monitoriza tu respiración. Todo eso es maravilloso para mejorar tu rendimiento, cuidar tu salud, optimizar tu bienestar. Pero cada uno de esos dispositivos genera un mapa detallado de tu vida: dónde vas, cuánto tiempo permaneces, con quién te encuentras, cuándo duermes, cuándo te estresas, cuándo mientes. Tu cuerpo se ha convertido en una fuente de datos que fluye sin pausa hacia servidores que no controlas.
La industria de los wearables vale más de cien mil millones de dólares y crece a dos dígitos anuales. Apple Watch, Fitbit, Oura Ring, Whoop Strap: la lista de dispositivos que se adhieren a tu cuerpo y registran tus datos biológicos es interminable. Y cada uno de esos datos, en principio tuyos, fluye por servidores corporativos, se analiza con algoritmos propietarios y se monetiza de formas que desconoces. Tu ritmo cardíaco no es solo un indicador de salud; es un dato que las aseguradoras pagarían por conocer, que los empleadores querrían consultar y que los mercados de datos ya negocian.
En 2021, se reveló que datos de ciclo menstrual de usuarias de aplicaciones de salud reproductiva fueron compartidos con terceros sin consentimiento explícito. En algunos estados de Estados Unidos, tras la derogación de Roe v. Wade, los fiscales solicitaron datos de localización y salud reproductiva de mujeres sospechosas de haberse practicado un aborto. La ropa que mide tu cuerpo puede convertirse en testigo de cargo, el anillo que rastrea tu sueño puede convertirse en evidencia, y el reloj que cuenta tus pasos puede contar también los motivos para vigilarte.
Lo paradójico es que adoptamos estos dispositivos voluntariamente. Los compramos, los cargamos, los recomendamos a nuestros amigos. Los wearables son el ejemplo perfecto de cómo la vigilancia se disfraza de bienestar. No hay coerción, no hay amenaza; hay marketing, diseño y la promesa de una vida mejor. Y a cambio entregamos el mapa más íntimo de nuestra existencia: los ritmos de nuestro cuerpo, los patrones de nuestro sueño, las fluctuaciones de nuestro ánimo.
El cuerpo como fuente de datos es la colonización final: después de monetizar tu atención y tu comportamiento, el capitalismo de vigilancia vuelve sus ojos hacia tu carne. Los latidos de tu corazón, la temperatura de tu piel, el ritmo de tu sueño: todo se extrae y se negocia. Como escritor de distopía desde el sur de Chile, pienso en "El crudo invierno del 91", donde los cuerpos ya no pertenecen a quienes los habitan sino a los sistemas que los leen. La soberanía corporal, ese último territorio de la libertad, se disuelve cuando tu propia biología es una mina de datos que otros explotan.
La distopía que escribo no es un mundo donde te obligan a usar un chip. Es un mundo donde tú mismo pagas trescientos dólares por el chip, lo llevas con orgullo y lo publicas en Instagram. Ese es el horror más profundo: no el que te imponen, sino el que eliges. Y mientras tanto, alguien en un servidor lejano sabe que tu corazón late más rápido de lo normal, que duermes mal y que esta noche saliste de casa a las tres de la mañana. Y ese alguien no es tu médico ni tu pareja: es una empresa que te conoce por dentro sin que la conozcas por fuera.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile