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Política

Tu opinión no es tuya

Rolando Fryderup · 24 de octubre de 2026 · 4 min de lectura

Creíste que decidiste solo. Que tu opinión sobre la inmigración, sobre el cambio climático, sobre tal candidato o cual política, es el resultado de tu reflexión personal, tu experiencia vital, tu c...

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# Tu opinión no es tuya

Creíste que decidiste solo. Que tu opinión sobre la inmigración, sobre el cambio climático, sobre tal candidato o cual política, es el resultado de tu reflexión personal, tu experiencia vital, tu criterio independiente. Pero ¿y si alguien diseñó el menú de opciones entre las cuales elegiste? La ingeniería del consentimiento, término acuñado por Edward Bernays en 1928, describe precisamente esto: la fabricación de la opinión pública mediante técnicas de persuasión masiva que hacen que las personas crean que llegaron solas a conclusiones que les fueron sugeridas.

Bernays, sobrino de Freud, aplicó los principios del psicoanálisis a la propaganda y creó la industria de las relaciones públicas. Demostró que las masas podían ser dirigidas sin que lo notaran, apelando a emociones subconscientes en lugar de a argumentos racionales. En los años cincuenta, sus técnicas se usaron para convencer a las mujeres de que fumar era un acto de liberación, a los ciudadanos estadounidenses de que apoyar un golpe de Estado en Guatemala era defender la libertad, y a millones de personas de que el consumo era sinónimo de felicidad. La ingeniería del consentimiento no es una teoría de la conspiración: es una profesión con salario, oficina y planificación estratégica.

En el siglo XXI, la ingeniería del consentimiento se ha perfeccionado con los datos. Las plataformas digitales recopilan información sobre cada clic, cada pausa, cada búsqueda. Construyen perfiles psicológicos que permiten predecir qué mensajes te afectarán más y por qué canal. La firma Cambridge Analytica demostró en 2016 que era posible influir en el comportamiento electoral de millones de estadounidenses utilizando datos de Facebook para enviar mensajes personalizados según sus perfiles psicológicos. No te dijeron por quién votar: te mostraron los argumentos que más te resonarían, en el momento más oportuno, por el canal que más confías.

La sutileza es la clave. Si alguien te dice «piensa esto», tu primer impulso es resistir. Pero si alguien te presenta una selección de información que te conduce naturalmente hacia una conclusión, crees que la conclusión es tuya. Es la diferencia entre empujar a alguien y poner una pendiente: la persona camina sola, pero llega adónde tú querías. Los algoritmos de las redes sociales son las pendientes más sofisticadas de la historia: no te obligan a nada, solo hacen que ciertos caminos sean más fáciles que otros. Y tú eliges, creyendo que eliges libremente.

Tu opinión no es enteramente tuya. Nunca lo fue. Siempre estuvo influida por tu entorno, tu educación, tu cultura. Pero hoy la influencia es industrial, masiva e invisible. Saber esto no te libra de ella, pero es el primer paso. El segundo es diversificar tus fuentes, cuestionar tus certezas y preguntarte, cada vez que sostienes una opinión con convicción: ¿de dónde viene esta convicción? ¿La elegí o me la sirvieron?

En la distopía que escribo, los ciudadanos creen elegir. En la realidad que vivo, también. La diferencia es que en la ficción, alguien se despierta. Ojalá en la realidad también. Despertar no significa librarse de toda influencia: significa ser consciente de ella, poder nombrarla y, al nombrarla, recuperar algo de agencia. Tu opinión nunca será enteramente tuya, pero puede ser más tuya de lo que es. Y en un mundo donde miles de ingenieros trabajan para que pienses lo que ellos quieren que pienses, cada gramo de pensamiento autónomo que recuperes es una victoria. Pequeña, sí. Pero real.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

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