Territorio
Sin papeles, sin nombre
No tienes documentos. No existes legalmente.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# Sin papeles, sin nombre
No tienes documentos. No existes legalmente. No puedes abrir una cuenta bancaria, ni alquilar un departamento, ni inscribir a tus hijos en un colegio, ni votar, ni firmar un contrato, ni cruzar una frontera, ni siquiera demostrar que eres quien dices ser. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, hay más de diez millones de personas apátridas en el mundo: personas que ningún país reconoce como ciudadanas. Diez millones de fantasmas legales que caminan entre nosotros sin que el derecho los vea.
La apatridia es una condena invisible. Los rohingya de Myanmar fueron despojados de su ciudadanía en 1982 y desde entonces viven en un limbo jurídico: no son ciudadanos de Myanmar, y ningún otro país los reclama. Muchos kurdos en Siria carecen de documentos porque el Estado nunca se los otorgó. En República Dominicana, miles de personas de ascendencia haitiana fueron dejadas sin nacionalidad por una sentencia del Tribunal Constitucional en 2013 que retroactivamente eliminó su ciudadanía. Nacieron allí, crecieron allí, hablan español —y sin embargo, el papel dice que no existen. La ley puede crear fantasmas con una firma.
Sin papeles, el trabajo se convierte en explotación. Sin papeles, la salud se convierte en lujo. Sin papeles, la justicia se convierte en una puerta cerrada. En Chile, miles de migrantes viven en situación irregular: no tienen visa, no tienen contrato, no tienen acceso al sistema público de salud más allá de urgencias. Trabajan en la informalidad, viven en campamentos, mandan a sus hijos a escuelas que a veces los rechazan. No son apátridas en el sentido jurídico estricto, pero son invisibles en el sentido práctico: el sistema no los reconoce, y por lo tanto no los protege.
La ficción distópica ha explorado la desaparición legal con obsesión. En 『Never Let Me Go』 de Kazuo Ishiguro, los clones carecen de derechos porque la ley no los reconoce como personas. En 『The Unwanteds』 de Lisa McMann, los no deseados son eliminados del sistema. La distopía lo sabe: el primer paso para eliminar a alguien es negar su existencia. Si no existes en el papel, no existes en el mundo. Y si no existes en el mundo, cualquiera puede hacerte lo que quiera sin que la ley te ampare.
El documento es la puerta de entrada a la humanidad reconocida. No debería ser así: los derechos humanos son universales, no dependen de un papel. Pero la realidad terca demuestra que sin documento, el derecho es una abstracción. Dar papeles no es hacer un favor: es restituir una existencia. Y mientras haya diez millones de personas sin nombre legal, el mundo estará incompleto, como un libro al que le faltan páginas enteras. La universalidad de los derechos humanos debe empezar por algo tan simple y tan urgente como reconocer que todos existen.
En Chile, el caso de los descendientes haitianos sin documentación es especialmente doloroso. Muchos llegaron con visa turística que después no pudieron regularizar. Quedaron atrapados: no pueden volver a Haití, donde la crisis es total, y no pueden legalizar su estada en Chile. Viven en un entre dos jurídico que los convierte en sombras. Y las sombras no tienen derechos.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile