Territorio
Refugiados del clima
Ya hay más de veinte millones de personas desplazadas por desastres climáticos cada año. No huyeron de la guerra ni de la persecución: huyeron del agua, del fuego, de la sequía, del huracán que des...
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# Refugiados del clima
Ya hay más de veinte millones de personas desplazadas por desastres climáticos cada año. No huyeron de la guerra ni de la persecución: huyeron del agua, del fuego, de la sequía, del huracán que destruyó lo que tenían. Son los refugiados del clima, y su número crece cada año mientras el mundo discute si reconocerlos como tales. Mientras los diplomáticos debaten definiciones, las familias caminan con lo que pueden cargar sobre sus espaldas.
El concepto de refugiado climático no existe en el derecho internacional. La Convención de 1951 define como refugiada a la persona que huye de persecución por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a grupo social u opinión política. La sequía no figura. La inundación no cuenta. El huracán no aplica. Millones de personas que lo han perdido todo no tienen protección legal porque el marco jurídico no reconoce la violencia del clima como violencia. Y mientras la ley se queda atrás, el clima no espera.
En Centroamérica, el corredor seco ha empujado a cientos de miles de campesinos a migrar hacia el norte. Ya no llueve cuando debería, las cosechas fallan, los animales mueren y los jóvenes se van. No son migrantes económicos en el sentido tradicional: son sobrevivientes de un colapso ecológico que no causaron. En Bangladesh, las inundaciones anuales desplazan a millones que se refugian en Dhaka, una ciudad que no puede absorberlos. En las islas del Pacífico, naciones enteras enfrentan la posibilidad de que su territorio desaparezca bajo el mar. Cuando un país se hunde, ¿adónde va su gente?
La ironía es que quienes menos contribuyen al cambio climático son quienes más lo sufren. Un campesino hondureño que emite una fracción de lo que emite un estadounidense promedio pierde su cosecha por un fenómeno alimentado por las emisiones de los países ricos. Un habitante de Kiribati ve subir el mar mientras las naciones industrializadas discuten metas de reducción que nunca cumplen. La injusticia climática no es accidental: es estructural, y se manifiesta en cada familia que abandona su tierra porque la tierra ya no la sostiene.
La injusticia climática tiene una geografía precisa: el Sur global emite menos y sufre más, el Norte global emite más y se protege mejor. Como escritor chileno, veo cómo los países que colonizaron el mundo ahora levantan muros contra quienes huyen de las consecuencias de esa misma explotación. En "El crudo invierno del 91", los refugiados del clima son los nuevos intocables: viajan sin derechos, cruzan sin permiso, llegan sin bienvenida. La distopía climática no es solo ambiental: es moral. Es la historia de quienes provocaron el incendio y ahora cierran la puerta a quienes arden.
En mi ficción, los refugiados del clima son los fantasmas del futuro: millones de personas sin tierra, sin Estado, sin derechos, moviéndose por un mundo que no los quiere y no los recibe. No es ficción. Es el presente de millones. Y si no actuamos, será el futuro de todos nosotros. Porque el clima no discrimina por nacionalidad ni por pasaporte. Llega a todos, aunque no a todos al mismo tiempo. Y para cuando llegue a los que hoy se sienten seguros, ya no habrá a dónde huir.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile