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Vigilancia

Reconocimiento facial en la calle

Rolando Fryderup · 20 de julio de 2026 · 3 min de lectura

Caminas por una calle de Londres y trescientas cámaras saben quién eres. En Moscú, el sistema de reconocimiento facial se usó para identificar y detener a manifestantes en las protestas de 2021.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# Reconocimiento facial en la calle

Caminas por una calle de Londres y trescientas cámaras saben quién eres. En Moscú, el sistema de reconocimiento facial se usó para identificar y detener a manifestantes en las protestas de 2021. En Buenos Aires, el gobierno porteño instaló un sistema de vigilancia facial en el subte que, según las autoridades, busca personas prófugas de la justicia. Pero la tecnología no distingue entre un delincuente y un ciudadano que simplemente camina por la ciudad. La cámara no pregunta motivos; solo escanea, compara y archiva.

El reconocimiento facial es la manifestación más visible de la vigilancia masiva. A diferencia del rastreo digital, que ocurre en la invisibilidad de los servidores, las cámaras te miran a la cara. Saben si llevas barba, si usas lentes, si sonríes o frunces el ceño. En China, el sistema es tan preciso que puede identificar a una persona entre millones en segundos, y se usa desde pagos en tiendas hasta acceso a residenciales. La conveniencia es innegable. El costo, incalculable. Porque cada vez que un sistema te reconoce, también te ubica, te cataloga y, potencialmente, te evalúa.

El problema fundamental es la asimetría: tú no sabes quién te vigila, cuándo lo hace ni para qué usa la información. La cámara no parpadea, no olvida, no necesita orden judicial. En la mayoría de los países no existe una legislación específica que regule el uso de reconocimiento facial en espacios públicos. Las empresas que desarrollan la tecnología operan con opacidad y los gobiernos la adoptan con entusiasmo, invocando siempre la seguridad ciudadana como justificación suprema.

La seguridad es el argumento invencible de la vigilancia. ¿Quién puede oponerse a más seguridad? Pero la historia nos enseña que los sistemas de control justificados por la seguridad rara vez se desmantelan. Se expanden. Primero se usan para encontrar criminales, luego para vigilar sospechosos, después para monitorear disidentes y finalmente para observar a todos. El libreto es predecible porque ya lo hemos leído en la historia de cada régimen autoritario del siglo XX.

El espacio público, esa plaza donde históricamente se ejerce la ciudadanía, se transforma en un escenario monitoreado donde cada rostro es un dato y cada movimiento un registro. Desde Pucón, donde las montañas todavía ofrecen la ilusión de anonimato, pienso en lo que significa perder el derecho a ser nadie en la calle. En "El crudo invierno del 91", los personajes habitan ciudades donde el anonimato es un delito. No es fantasía lejana: cuando tu cara es tu contraseña, el espacio público deja de ser público. Es una sala de espera donde alguien siempre sabe tu nombre.

En mis cuentos distópicos exploro este territorio: la ciudad que te reconoce, que sabe dónde estuviste, que anticipa dónde irás. No es fantasía; es la Moscú de hoy, la Shenzhen de mañana y, si no ponemos límites, la Santiago de pasado mañana. La pregunta no es si la tecnología es útil. La pregunta es quién la controla y si existe alguna esfera de la vida que merezca permanecer fuera de su alcance. Porque una sociedad donde puedes ser identificado en cualquier lugar, en cualquier momento, no es una sociedad libre: es un catálogo de rostros a la espera de ser consultado.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

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