Sociedad
Pasaporte de primera y pasaporte de tercera
Un alemán entra a 190 países sin visa. Un afgano, a 27. El negocio millonario de los pasaportes dorados en Malta y Vanuatu. La movilidad del siglo XXI como privilegio de clase.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# Pasaporte de primera y pasaporte de tercera
El indice Henley de Pasaportes 2026 muestra lo que ya sabemos pero evitamos nombrar. Un ciudadano alemán, japonés o singapurense puede entrar a 190 países sin visa previa. Un estadounidense, a 186. Un chileno, a 175. Un brasileno, a 170. Y un afgano, un sirio o un yemenita, a 27, 29 y 31 respectivamente. La diferencia entre el primero y el último es de más de 160 países. Es, literalmente, vivir en planetas distintos con el mismo documento.
La movilidad del siglo XXI se compro. Antes, los pasaportes los daba la nación. Hoy, los pasaportes los compra quien puede pagarlos. Malta vende ciudadanía europea por setecientos mil euros más una donacion de cien mil. Vanuatu, en el Pacifico, ofrece pasaporte a quien deposite ciento cincuenta mil dolares en un fondo estatal. Turquia vende ciudadanía por medio millon de dolares. Montenegro, hasta 2023, ofrecia el mismo servicio por trescientos cincuenta mil. Saint Kitts y Nevis, desde 1984, tiene un programa de "ciudadanía por inversion" que ya recaudo más de diez mil millones de dolares.
Lo que estas transacciones tienen en comun es su condicion optativa. Solo puede comprar el pasaporte quien tiene un capital que le permite trasladarse sin necesidad de pedirlo. El refugiado que cruza el Mediterraneo en una patera no compra nada: pide. Y pedir, en el lenguaje contemporaneo de las fronteras, es lo que vuelve ilegal al que pide.
Hay un escritor nigeriano -Dele Farotimi- que acaba de publicar un libro pequeno y brutal sobre este tema. Se llama "El que paga, pasa". La tesis es simple: la libertad de movimiento en el siglo XXI se compro, se vendio, y se volvió un articulo de lujo. Los que nacen en el país correcto no necesitan comprar nada. Los que nacen en el país incorrecto no pueden comprar nada. La diferencia se hereda. Como la casa, como la cuenta bancaria, como la lengua que la madre te cantó de chico.
En Chile, donde la mitad de la población tiene ascendencia de pueblos originarios, este debate tiene una dimensión particular. Los mapuche, los aymara, los diaguita son los hijos de un pueblo que tenia libre movilidad en su propio territorio. La frontera les llegó después. La ciudadanía les llegó después. Y el pasaporte chileno -que a muchos les costo generaciones conseguir- es, a la vez, una liberation y una perdida: los hace ciudadanos del mundo, pero les quita el derecho a ser ciudadanos de un lugar.
Yo escribo esto desde Temuco. Mi padre nació en esta región. Mi abuelo nació en esta región. Y mi hija probablemente nazca en esta región. La región que me dio la lengua, los paisajes, la memoria, y el acento que cargan mis libros. Yo no compre mi pasaporte. Lo herede, y junto con el herede la posibilidad de moverme por el mundo sin que me detengan en un aeropuerto para preguntarme de que etnia soy. Esa posibilidad no me la gane. Me la dieron. Y por eso mismo, escribir sobre pasaportes dorados es escribir sobre la otra cara de mi privilegio.
La movilidad humana no es un derecho natural: es una arquitectura. Y las arquitecturas se rediseinan. Si el siglo XXI va a ser el siglo de la movilidad libre, tendra que empezar por dejar de venderle al que tiene lo que se le niega al que no tiene. La primera victima del pasaporte dorado no es el que lo compra. Es el que no puede.