Política
La verdad oficial
Cuando el gobierno dice qué es verdad y qué es mentira, ¿quién verifica al verificador? La pregunta parece sacada de una novela de Orwell, pero es la realidad que viven millones de personas.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# La verdad oficial
Cuando el gobierno dice qué es verdad y qué es mentira, ¿quién verifica al verificador? La pregunta parece sacada de una novela de Orwell, pero es la realidad que viven millones de personas. En Rusia, la ley sobre «información falsa» castiga con penas de hasta quince años de prisión a quien difunda información que contradiga la versión oficial del Ministerio de Defensa. En Hungría, el gobierno de Viktor Orbán creó una oficina gubernamental con potestad para decidir qué noticias son verdaderas y cuáles son falsas. En China, la Agencia de Ciberespacio regula qué puede publicarse y qué debe eliminarse, con el poder de cerrar medios que incumplan sus directrices.
El concepto de «verdad oficial» es la negación misma del pensamiento crítico. Si el Estado define la verdad, la verdad cambia cuando cambia el Estado. Lo que hoy es verdad puede ser mentira mañana, no porque hayan cambiado los hechos, sino porque han cambiado los intereses del poder. Orwell lo describió con precisión quirúrgica en 1984: «Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado». La verdad oficial no busca informar: busca obedecer. Y la obediencia, cuando se disfraza de verdad, es la forma más totalitaria de control.
Pero los ministerios de verdad del siglo XXI no se presentan como tales. Se llaman «comisiones de verificación», «agencias de seguridad informativa», «leyes de transparencia». Sus nombres suenan democráticos, incluso protectores. ¿Quién estaría en contra de combatir las noticias falsas? Pero la trampa está en quién define qué es falso. Cuando el gobierno de Nicaragua creó una ley que castiga la difusión de «noticias falsas» que causen «alarma o pánico», la usó para perseguir a periodistas que reportaban la represión de protestas. La mentira oficial era la que callaba la verdad.
Como escritor de distopías, me produce un vértigo particular ver cómo la ficción anticipa la realidad. En mi novela, el Ministerio de Certificación determina qué información es apta para el consumo ciudadano. Pero la realidad es más sutil: no hay un ministerio visible, hay una red de leyes, agencias y presiones económicas que cumplen la misma función. En Argentina, la derogada ley de medios fue acusada de ser un instrumento de control informativo. En Venezuela, la ley de responsabilidad social en radio y televisión ha servido para silenciar medios críticos. La técnica varía, el propósito no.
La pregunta con la que debemos convivir es: ¿quién vigila al vigilante de la verdad? La respuesta democrática es clara: nadie tiene el monopolio de la verdad. La verdad se aproxima a través del debate, la verificación independiente y la transparencia. Cuando un Estado se arroga el poder de definirla, la verdad muere y lo que queda es propaganda. Y la propaganda, por muy oficial que sea, nunca es verdad. Es poder disfrazado de hecho.
Y el disfraz, por muy elegante que sea, siempre se le escapa a la mentira por alguna costura. La costura puede ser un periodista que se atreve a contradecir la versión oficial, un ciudadano que graba con su teléfono lo que la verdad oficial niega, un juez que falla contra la narrativa del poder. Mientras existan esas costuras, habrá esperanza. Pero las costuras se cosen: cada ley que amplía el poder del Estado sobre la información, cada agencia que se crea para velar por la «verdad», cada periodista que es encarcelado por «difundir informaciones falsas» es una puntada más en el disfraz. Y un día, el disfraz será perfecto. Ese será el día en que la verdad oficial sea la única verdad.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile