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Sociedad

La escuela de los pobres

Rolando Fryderup · 3 de febrero de 2027 · 3 min de lectura

En la escuela rural de Rari, en la Región del Maule, llueve dentro del aula. El techo tiene goteras que el municipio promete arreglar cada verano y olvida cada invierno.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# La escuela de los pobres

En la escuela rural de Rari, en la Región del Maule, llueve dentro del aula. El techo tiene goteras que el municipio promete arreglar cada verano y olvida cada invierno. La profesora enseña tres cursos simultáneamente porque no hay presupuesto para más docentes. Los niños comparten textos que deberían ser individuales. A trescientos kilómetros, en Santiago, el Colegio San Ignacio El Bosque tiene canchas de rugby, laboratorios de ciencias, un teatro con doscientas butacas y una lista de ex alumnos que incluye a presidentes y ministros. La educación salva, dicen. Pero la educación también tiene muro. Y el muro, como siempre, separa a los que tienen de los que no tienen.

Chile es el país más desigual de la OCDE en educación, según el propio organismo internacional. El sistema de vouchers implantado durante la dictadura —y mantenido con cosméticos por los gobiernos posteriores— fragmentó la escolaridad en tres mundos estancos: la escuela particular pagada para los ricos, la particular subvencionada para la clase media y la municipal para los pobres. El resultado es predecible y perfectamente correlacionado: los resultados SIMCE se correlacionan con el ingreso del hogar con una precisión casi matemática. No es que los niños pobres sean menos capaces: es que el sistema les da menos. Mucho menos. Y después les culpa de tener menos, como si la falta fuera del estudiante y no de la estructura.

En el mundo, doscientos sesenta y cuatro millones de niños no asisten a la escuela, según UNICEF. En África subsahariana, solo una de cada tres niñas completa la educación secundaria. En América Latina, la pandemia destruyó décadas de avances educativos: más de un millón de niños abandonaron la escuela en la región, según el Banco Mundial. La educación a distancia fue un privilegio: requería internet, computador, un espacio tranquilo en la casa. Cosas que los pobres no tienen. La brecha digital no es un problema tecnológico: es un problema de clase disfrazado de conectividad.

La ficción distópica siempre ha sabido que el control educativo es el control del futuro. En «1984», el Partido enseña Neolengua para limitar el pensamiento. En «El cuento de la criada», las mujeres no leen. En «La República» de Platón —la primera distopía occidental— las clases se educan de forma distinta para mantener el orden social. Chile no inventó la desigualdad educativa, pero la perfeccionó: creó un mercado donde el conocimiento es un producto y la calidad depende del poder adquisitivo del comprador. El voucher no fue libertad de elección: fue libertad para los que ya podían elegir.

La educación puede ser la gran niveladora, pero solo si el terreno es parejo. Y el terreno no lo es. Un niño que aprende bajo un techo que llueve no compite con uno que aprende bajo un techo de vidrio. No es mérito: es geometría social. Hasta que la escuela de los pobres deje de ser un eufemismo para la escuela de los descartados, la educación no será un derecho. Será otro muro. Y los muros, como bien sabemos en Chile, no se derriban solos.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

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