Territorio
La deportación a la nada
Llevas treinta años en Estados Unidos. Hablas inglés, pagas impuestos, tus hijos nacieron allí, tu vida está allí.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# La deportación a la nada
Llevas treinta años en Estados Unidos. Hablas inglés, pagas impuestos, tus hijos nacieron allí, tu vida está allí. Pero un día te detienen por una infracción de tráfico, descubren que tienes una orden de deportación pendiente de 1995, y te envían a un país que apenas recuerdas. No hablas el idioma, no conoces a nadie, no tienes documentos locales, no tienes trabajo, no tienes casa. Te deportaron a la nada. Según el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EE.UU., en 2023 fueron deportadas más de ciento cuarenta mil personas. Muchas de ellas llevaban décadas en el país, habían construido vidas completas que se desmoronaron en un solo día.
La deportación a países de origen no conocidos es una realidad para millones de personas que llegaron siendo niños. En Estados Unidos, los dreamers —jóvenes traídos por sus padres cuando eran menores de edad— crecieron como estadounidenses pero carecen de documentos. Si son deportados, son enviados a países donde no tienen recuerdos, donde el idioma les es ajeno, donde son extranjeros en la tierra que la ley dice que es suya. La Corte Interamericana de Derechos Humanos ha señalado que la deportación sin consideración de los lazos familiares puede constituir trato cruel e inhumano. Pero la máquina de deportar no escucha cortes: procesa expedientes.
En Chile, la deportación también existe. La Ley de Migración de 2021 facilitó los procesos de expulsión, y en 2022 el gobierno anunció planes de deportación masiva de migrantes con antecedentes penales. Pero detrás de cada deportación hay una historia: alguien que cruzó el Darién, que trabajó en la construcción, que envió dinero a su familia, que cometió un error o fue acusado injustamente. La deportación no es un acto administrativo neutro: es una sentencia que puede equivaler a la muerte social, la destrucción de todo lo que una persona ha construido en años de esfuerzo.
En la ficción distópica, la deportación es una herramienta de terror. En 『The Plot Against America』 de Philip Roth, ciudadanos judíos son deportados o reubicados. En la realidad, durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos deportó y encarceló a más de ciento veinte mil ciudadanos japoneses. No fue ficción. Fue política de Estado. Y la lógica que permitió esa deportación —el extranjero como amenaza, la raza como delito— es la misma lógica que hoy justifica enviar a personas a países que no conocen.
Deportar a alguien a un lugar donde no tiene raíces no es justicia: es abandono. Es tomar a un ser humano y arrojarlo al vacío con la excusa de que ese vacío es técnicamente su patria. La patria no es un punto en el mapa: es la red de vínculos, memorias y afectos que sostienen una vida. Arrancar a alguien de esa red y enviarlo a un país desconocido es una forma de tortura encubierta bajo lenguaje jurídico. Y mientras exista la deportación a la nada, ningún documento de derechos humanos será más que papel decorativo.
En 2023, el gobierno chileno anunció la deportación de más de mil personas con órdenes de expulsión pendientes. Las imágenes de aviones cargados de migrantes escoltados por policía generaron debate: ¿justicia o espectáculo? La deportación debería ser un último recurso, no un show mediático. Cuando el Estado convierte la expulsión en escenografía política, ha perdido algo esencial de su humanidad.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile