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Sociedad

La cuarentena eterna

Rolando Fryderup · 14 de diciembre de 2026 · 3 min de lectura

En abril de 2022, los residentes de Shanghai despertaron con barreras metálicas en las puertas de sus edificios.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# La cuarentena eterna

En abril de 2022, los residentes de Shanghai despertaron con barreras metálicas en las puertas de sus edificios. No eran voluntarias: el gobierno las instaló durante la noche para impedir que salieran. La cuarentena, que debía durar dos semanas, se extendió sin fecha de cierre. Durante meses, veinticinco millones de personas quedaron confinadas en sus hogares, sin acceso a alimentos suficientes, sin atención médica para enfermedades no covid, sin derecho a protestar. Algunos residentes gritaban desde los balcones pidiendo comida. Otros se lanzaban al vacío.

China llevó la lógica del confinamiento a su extremo: la política de «cero covid» implicaba que un solo caso positivo podía sellar un edificio entero, un barrio, una ciudad. Los centros de cuarentena, instalados en gimnasios y almacenes, hacinaban a miles de personas en condiciones precarias. Los protocolos eran rígidos: si dabas positivo, te llevaban. Si tu vecino daba positivo, te sellaban la puerta. Si tu edificio tenía un caso, no podías salir. No había apelación, no había excepción, no hay compasión en un protocolo.

Lo que la experiencia china demostró es que la cuarentena, cuando se prolonga indefinidamente, deja de ser una medida sanitaria y se convierte en una herramienta de control social. El confinamiento prolongado produce efectos psicológicos devastadores: depresión, ansiedad, estrés postraumático, aumento de la violencia doméstica, suicidios. Un metaanálisis publicado en The Lancet en 2021 documentó que los niveles de ansiedad y depresión se triplicaron durante los confinamientos prolongados. La cura, en muchos casos, fue peor que la enfermedad.

Como escritor de distopías, pienso en el encierro como metáfora literaria. En El muro, de Marlen Haushofer, una mujer despierta rodeada por una barrera invisible que la aísla del mundo. En La peste, de Camus, la ciudad de Oran queda sellada y sus habitantes deben vivir con la muerte como vecina. Pero la ficción siempre ofrece una salida: el muro cae, la peste pasa. En Shanghai, la salida no llegó durante meses, y cuando llegó, no fue porque el gobierno reconociera el error, sino porque la presión social hizo insostenible la política.

El precedente es peligroso. Si un gobierno puede confinar a millones de personas sin fecha límite, sin supervisión judicial y sin mecanismos de apelación durante una pandemia, ¿qué le impide hacerlo durante una «emergencia» de otra naturaleza? La infraestructura del confinamiento masivo existe: las apps de rastreo, los sistemas de vigilancia, los protocolos de sellado. Solo necesita una justificación. Y las justificaciones, como demostró la pandemia, son sorprendentemente fáciles de construir cuando el miedo acecha.

Desde Pucón, donde el confinamiento fue breve y la montaña siempre estuvo ahí para recordarnos que el mundo seguía existiendo, escribo para defender el derecho a la libertad de movimiento incluso en tiempos de crisis. La salud pública es un deber del Estado, pero no puede ser la única voz en la conversación. Sin límites temporales, sin supervisión judicial y sin transparencia, la cuarentena eterna no es salud: es carcelería. Y una sociedad que acepta el encierro sin fecha de término ya ha perdido algo más que su libertad: ha perdido la capacidad de exigirla.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

#pandemia #salud #control