Sociedad
La ciudad flotante
Peter Thiel, el cofundador de PayPal y paladín del libertarismo tecnológico, financió el Seasteading Institute con un sueño: construir ciudades flotantes en aguas internacionales, fuera de la juris...
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# La ciudad flotante
Peter Thiel, el cofundador de PayPal y paladín del libertarismo tecnológico, financió el Seasteading Institute con un sueño: construir ciudades flotantes en aguas internacionales, fuera de la jurisdicción de cualquier Estado. No es ciencia ficción. Es un proyecto con inversores, planos y fecha tentativa. La idea es simple pero escalofriante: si la tierra está contaminada, regulada y llena de gente que reclama derechos, construyamos islas artificiales donde las reglas las pongamos nosotros. Un país sin ciudadanos, solo consumidores con el ingreso suficiente para comprar entrada. Sin votantes, sin impuestos, sin obligaciones hacia el prójimo. La utopía del rico siempre es la distopía del pobre.
El seasteading no es solo una extravagancia de millonarios excéntricos. Es la lógica extrema de la desigualdad llevada a su conclusión territorial: cuando la brecha entre ricos y pobres es tan grande que ni siquiera quieren compartir el mismo suelo. En 2019, la Unión de Comoras fue el primer país en firmar un acuerdo para albergar una ciudad flotante en sus aguas. El proyecto, liderado por la empresa Blue Frontiers, prometía innovación y sostenibilidad. Pero la pregunta permanece, incómoda y necesaria: ¿sostenibilidad para quién? ¿Para los habitantes de las islas que ven subir el mar y secar sus costas, o para los inversores que quieren un refugio fiscal con vista al océano y sin regulación laboral?
La tradición distópica ya imaginó esto con detalle. En «Elysium», la película de Neill Blomkamp, los ricos viven en una estación espacial orbital mientras la Tierra se pudre en miseria y contaminación. En «Snowpiercer», los últimos humanos sobreviven en un tren donde la clase determina tu posición: los de adelante comen sushi, los de atrás comen proteínas en barra de insectos. En «Metrópolis» de Fritz Lang, la élite vive en las torres mientras los obreros habitan las catacumbas. La metáfora es transparente y antigua: cuando el mundo se vuelve inhabitable, la primera clase siempre tiene un bote salvavidas.
Pero aquí hay un giro que la ficción no anticipó del todo: los millonarios no solo quieren huir del planeta. Algunos, como Jeff Bezos con su visión de colonias espaciales O'Neill, hablan abiertamente de mover la industria contaminante al espacio y dejar la Tierra como zona residencial. ¿Residencial para quién? Para los que puedan pagarlo. Los demás nos quedamos aquí, en la zona de sacrificio, respirando el aire que ellos dejaron atrás. Elon Musk quiere colonizar Marte con billetes de quinientos mil dólares. ¿Y los otros siete mil novecientos noventa y nueve millones de humanos?
La ciudad flotante es la metáfora perfecta de nuestro tiempo: una burbuja de privilegios que se despega del suelo común mientras el resto se hunde. No necesitamos islas artificiales. Necesitamos sociedades donde no haga falta escapar. Pero mientras Thiel y sus socios diseñan sus paraísos flotantes, el mensaje es claro: ellos ya no creen en el nuestro. Y eso, más que cualquier catástrofe climática, debería aterrarnos. Porque cuando los que más tienen dejan de invertir en lo común, es porque ya saben que lo común está condenado.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile