Distopía
La canción que cantó un pueblo
Prohibieron la canción. Y todos la cantaron.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# La canción que cantó un pueblo
Prohibieron la canción. Y todos la cantaron. En la Chile de Pinochet, «El pueblo unido jamás será vencido» se convirtió en himno de la resistencia, y el régimen no pudo silenciarlo porque vivía en la memoria de millones. Sergio Ortega y el grupo Quilapayún jamás imaginaron que su canción para la campaña de la Unidad Popular se transformaría en grito global de resistencia, traducida a decenas de idiomas, cantada en plazas de Teherán, Atenas y Nueva York. ¿Cómo prohibes lo que está en la memoria? ¿Cómo censuras lo que ya habita en los cuerpos de toda una generación?
Las canciones como resistencia tienen una historia tan antigua como la opresión. Los esclavos africanos en Estados Unidos crearon los spirituals: cantos codificados que parecían religiosos pero contenían rutas de escape hacia el norte. Durante el apartheid sudafricano, «Nkosi Sikelel' iAfrika» —Dios bendiga a África— fue prohibido y sin embargo se cantaba en funerales, manifestaciones y clandestinamente en las casas. En la Cataluña de Franco, «Els Segadors» fue prohibido y se cantó en voz baja hasta que el régimen murió. La canción es el virus más resistente: no se puede quemar, no se puede confiscar, no se puede encarcelar.
En la Plaza Tiananmén en 1989, los estudiantes cantaron «La Internacional» mientras los tanques se acercaban. En la Primavera Árabe, las plazas de El Cairo y Túnez resonaban con cánticos que nadie había ensayado. En Chile, el estallido social de 2019 hizo lo que la dictadura no pudo: millones de personas cantando juntas en las calles, con cacerolas, con las manos, con la voz. «El derecho a vivir en paz» —la canción de Victor Jara— sonó en las plazas cuarenta y seis años después de que lo mataran. Y cada vez que suena, Victor Jara vive un poco más.
Victor Jara fue torturado y asesinado en el Estadio Chile —hoy Estadio Victor Jara— en septiembre de 1973. Le rompieron las manos y le dijeron que tocara la guitarra ahora. No pudieron romper su voz. Su canción sigue cantándose. La ironía más hermosa y más devastadora del mundo: mataron al cantante pero no pudieron matar la canción. Y cada vez que alguien canta «Te recuerdo Amanda», Victor Jara resucita por un momento en la garganta de quien lo nombra.
La canción que cantó un pueblo es la prueba de que la memoria es más fuerte que el poder. Los tiranos pueden quemar libros, derribar estatuas, reescribir historiografías, pero no pueden extirpar una melodía del pecho de quien la lleva adentro. La canción resiste porque no necesita un soporte físico: vive en el aire, en la voz, en el acto de cantar juntos. Y cuando un pueblo canta, no solo recuerda: se afirma. Se dice a sí mismo: todavía estamos aquí, todavía somos nosotros, todavía no han ganado. Prohibieron la canción. Y todos la cantaron. Y mientras la canten, el pueblo seguirá unido, y jamás será vencido.
En el estallido social de 2019, la primera noche de protesta, alguien empezó a tocar «El derecho a vivir en paz» con un altavoz en la Plaza Baquedano. En minutos, miles de personas cantaban. No había ensayo, no había organización: había memoria. La canción estaba guardada en los cuerpos de una generación que la había heredado de sus padres, y sus padres la habían heredado de Victor Jara.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile