Política
El video que mintió
Viste un video que te enojó. Un político diciendo algo aberrante, un líder opositor confesando un delito, una figura pública en una situación comprometedora.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# El video que mintió
Viste un video que te enojó. Un político diciendo algo aberrante, un líder opositor confesando un delito, una figura pública en una situación comprometedora. Lo compartiste con indignación. Tus amigos lo compartieron con indignación. Sus amigos también. En menos de veinticuatro horas, el video tenía dos millones de visualizaciones. Y era falso. Un deepfake: un video generado por inteligencia artificial que imita rostros y voces con una precisión que el ojo humano no puede distinguir. Ya lo compartieron dos millones de veces, y la corrección, si la hay, no alcanzará ni al uno por ciento de quienes vieron la mentira.
Los deepfakes políticos ya no son experimentos de laboratorio. En 2024, se detectaron videos manipulados de candidatos presidenciales en Estados Unidos, India y Pakistán. En Eslovaquia, un audio falso de un candidato liberal admitiendo compra de votos se difundió dos días antes de las elecciones, sin tiempo para desmentirlo. En Argentina, durante la campaña de 2023, circularon imágenes generadas por IA de actos públicos que nunca ocurrieron. La tecnología existe, es accesible y mejora cada semana. Cualquiera con un ordenador y conexión a internet puede fabricar un video político falso que parece real.
La crisis no es solo tecnológica: es epistemológica. Si cualquier video puede ser falso, ¿cómo sabemos qué es real? La confianza en la evidencia visual, que fue el fundamento del periodismo moderno, se desmorona. Cuando una grabación ya no prueba nada, el negacionismo se convierte en la estrategia por defecto: «Ese video es falso» se transforma en la coartada perfecta para cualquier acusación, incluso las documentadas. El deepfake no solo engaña: destruye la noción misma de prueba. Y sin prueba, todo es opinión, y toda opinión es igualmente válida. Ese es el territorio fértil de la demagogia.
Como escritor de distopías, reflexiono sobre lo que Philip K. Dick anticipó hace décadas: ¿qué significa ser humano en un mundo donde la realidad es fabricable? Pero la pregunta actual es más urgente y más colectiva: ¿cómo funciona una democracia cuando los ciudadanos no pueden confiar en lo que ven? El voto informado presupone información verdadera. Si la información es manipulable a escala industrial, el voto informado es una ficción. Y si el voto no está informado, la democracia es un teatro.
El video que mintió no es el problema: es el síntoma. El problema es un ecosistema informativo diseñado para la velocidad y no para la veracidad, donde la mentira viaja seis veces más rápido que la verdad, como demostró un estudio del MIT, y donde las plataformas no tienen incentivos para frenarla. Dos millones de personas vieron la mentira. Quizás veinte mil vean la corrección. En esa asimetría reside el colapso de la verdad pública.
Y en ese colapso, la distopía encuentra su casa. Vivimos ya en un mundo donde la verificación compite con la viralidad en condiciones de desigualdad absoluta. La solución no es tecnológica: es institucional y cultural. Medios de comunicación con recursos para verificar, plataformas obligadas a frenar la desinformación antes de que se viralice, ciudadanos educados para dudar antes de compartir. Mientras no tengamos eso, cada video que veas podrá ser una mentira, y cada mentira podrá ser una elección perdida.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile