Territorio
El río que ya no existe
El Po, el río más largo de Italia, se secó en 2022 hasta niveles que no se veían en setenta años. El Colorado ya no llega al mar.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# El río que ya no existe
El Po, el río más largo de Italia, se secó en 2022 hasta niveles que no se veían en setenta años. El Colorado ya no llega al mar. En Chile, ríos que alimentaron comunidades enteras ahora son hilos de agua que no alcanzan para regar. El río que ya no existe no es una exageración poética: es una realidad documentada en todos los continentes habitados. Y cada río que muere se lleva consigo una forma de vida, una cultura, una economía y un futuro.
El Colorado abastece a cuarenta millones de personas en siete estados de Estados Unidos y dos de México. Su caudal ha disminuido un veinte por ciento desde 2000, y los modelos predicen una reducción adicional de hasta un treinta por ciento para 2050. El lago Mead, su mayor embalse, está al treinta por ciento de su capacidad. Las tomas de agua que alimentan a Las Vegas, Phoenix y Los Ángeles están amenazadas. La guerra del agua en el oeste estadounidense ya no es una metáfora: es una realidad que se mide en metros cúbicos por segundo.
En Chile, la situación es igualmente dramática. El río Lauca en la región de Arica y Parinacota ha visto reducido su caudal por la extracción en el lado boliviano. Ríos del seco norte, como el Huasco y el Elqui, enfrentan presión constante de la minería y la agricultura de exportación. El Código de Aguas de 1981, que privatizó los derechos de uso, creó un mercado donde el agua se compra y vende como cualquier mercancía, sin considerar las necesidades de las comunidades que dependen de ella para beber, para lavar, para vivir.
Un río que se seca no es solo un problema ambiental: es un problema civilizatorio. Las ciudades crecieron junto a los ríos, la agricultura depende de ellos, las culturas se construyeron alrededor de ellos. Cuando un río muere, muere una forma de vida. La muerte del Colorado no es un evento natural: es el resultado de décadas de sobreextracción, cambio climático y políticas que priorizaron el crecimiento económico sobre la sostenibilidad hídrica. Y la sostenibilidad, una vez perdida, no se recupera con buenas intenciones.
En Chile, los derechos de agua son propiedad privada enajenable, concedidos por la dictadura y mantenidos por la democracia. El río que ya no existe no es una metáfora: es el destino del Cautín, del Biobío, de tantos cursos de agua desviados para la industria mientras las comunidades se secan. Como escritor desde Pucón, conozco ríos que cambiaron de dueño sin que la orilla cambiara de paisaje. En "El crudo invierno del 91", el agua es un recuerdo que los personajes persiguen como fantasía. La distopía hídrica chilena ya está escrita: está en el Código de Aguas y en la sed de quienes no pueden pagar su propio río.
En mis historias, el río que ya no existe es el símbolo de un mundo que consume más de lo que la naturaleza puede reponer. Donde el agua se trata como recurso infinito y los ríos como tuberías desechables. La realidad ya superó la ficción: hay mapas donde los ríos están marcados con líneas punteadas, como si fueran recuerdos. Y lo son. Son recuerdos de un tiempo en que el agua fluía sin que nadie tuviera que pedir permiso, comprar derechos o rogar por una gota.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile