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Sociedad

El rastreador de contactos

Rolando Fryderup · 23 de diciembre de 2026 · 3 min de lectura

En marzo de 2020, Corea del Sur lanzó una aplicación de rastreo de contactos que identificaba a cada persona con la que habías estado cerca en los últimos catorce días.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# El rastreador de contactos

En marzo de 2020, Corea del Sur lanzó una aplicación de rastreo de contactos que identificaba a cada persona con la que habías estado cerca en los últimos catorce días. La app utilizaba GPS, Bluetooth y datos de tarjetas de crédito para reconstruir tus movimientos. La información se publicaba en alertas que incluían edad, género y los lugares visitados. La eficacia fue innegable: Corea del Sur controló la propagación del virus sin confinamientos masivos. Pero el precio fue la privacidad de millones de personas, que vieron sus movimientos convertidos en datos públicos sin su consentimiento explícito.

Las apps de rastreo se multiplicaron por el mundo. Singapur tuvo TraceTogether, Australia usó COVIDSafe, India implementó Aarogya Setu, que llegó a descargar doscientos millones de usuarios. Cada aplicación prometía lo mismo: rastrear contactos para romper cadenas de transmisión. Cada aplicación recogía datos de localización. Y cada aplicación prometió que los datos se borrarían una vez terminada la emergencia. Pero la historia de los datos es la historia de las promesas rotas: una vez recopilados, los datos rara vez desaparecen.

Lo que más preocupa a los expertos en privacidad no es lo que las apps hicieron durante la pandemia, sino lo que pueden hacer después. La infraestructura de rastreo, una vez instalada, es susceptible de repurposición. Una app que rastrea tus contactos por razones sanitarias puede rastrear tus contactos por razones políticas. Un sistema que registra tus movimientos para prevenir contagios puede registrar tus movimientos para vigilar disidentes. La tecnología es neutra; sus usos, no. Y los usos cambian cuando cambian los gobiernos.

Como escritor de distopías, pienso en los sistemas de vigilancia de 1984, donde la telepantalla monitorea cada movimiento del ciudadano. Orwell imaginó cámaras; la realidad superó su ficción con teléfonos que la gente lleva voluntariamente. No necesitas instalar un chip: necesitas instalar una app. Y la app la instalas tú, porque te dijeron que era por tu salud. El panóptico digital de Bentham, donde el prisionero nunca sabe si lo vigilan, se ha perfeccionado: ahora el prisionero instala él mismo la cámara.

En Chile, el Ministerio de Salud lanzó la app «Me Llamo», que notificaba a los contactos de una persona contagiada. La aplicación fue voluntaria y los datos, supuestamente, se eliminaban tras catorce días. Pero la ausencia de una ley robusta de protección de datos personales en Chile deja una ventana abierta: ¿quién audita que los datos se eliminan realmente? ¿Qué impide que la información de localización sea compartida con otros organismos del Estado? La buena fe no es suficiente cuando lo que está en juego es la libertad.

Desde Pucón, donde la distancia entre vecinos se mide todavía en saludos y conversaciones, escribo para defender el derecho a moverse sin ser rastreado. La salud pública requiere herramientas, pero las herramientas requieren límites. Toda app de rastreo debiera tener fecha de caducidad, supervisión independiente y prohibición absoluta de repurposición. Sin esas garantías, el rastreador de contactos no es una herramienta médica: es una infraestructura de vigilancia esperando su siguiente emergencia. Y la próxima emergencia, les aseguro, no se hará esperar.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

#pandemia #salud #control