Poder
El periodista que desapareció
Cuarenta y cinco periodistas asesinados en un año. La cifra pertenece a 2024, según el Comité para la Protección de los Periodistas.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# El periodista que desapareció
Cuarenta y cinco periodistas asesinados en un año. La cifra pertenece a 2024, según el Comité para la Protección de los Periodistas. Cuarenta y cinco voces silenciadas a balazos, a golpes, a desapariciones forzadas. Cuarenta y cinco historias que nunca se terminaron de contar. Y sin embargo, la noticia pasa: es un dato más en el flujo incesante de la información, una estadística que se desliza por la pantalla del celular sin detener a nadie. ¿Cuántos más necesitarán morir antes de que nos demos cuenta de que matar a un periodista ya es normal?
México sigue siendo el país más peligroso de Occidente para ejercer el periodismo. Desde el año 2000, más de ciento cincuenta periodistas han sido asesinados. En Filipinas, la tradición de impunidad es tan vieja que la masacre de Maguindanao, donde cincuenta y ocho personas fueron asesinadas en 2009, treinta y dos de ellas periodistas, sigue sin justicia completa. En Medio Oriente, la guerra ha convertido a los corresponsales en objetivos: Gaza acumula la cifra más alta de periodistas muertos en cualquier conflicto reciente, y la mayoría eran reporteros locales que cubrían su propia tragedia.
Como escritor de distopías, me obsesiona el silencio. En mis ficciones, el régimen elimina a quienes escriben la verdad. Pero la realidad supera cualquier ficción: no hace falta un régimen totalitario para asesinar periodistas. Basta con la impunidad. Basta con que el crimen no tenga consecuencias. Un narcotraficante en Sonora, un escuadrón en Manila, un bombardeo en Rafah: los mecanismos varían, pero el resultado es idéntico. La noticia que no se publica. La investigación que se abandona. El compañero que se exilia.
El efecto no se limita a quien muere. Cada periodista asesinado envía un mensaje a todos los demás: tú podrías ser el próximo. Se llama autocensura, y es la hija bastarda de la impunidad. Cuando un colega desaparece en Guerrero y nadie investiga, cuando un editor en Estambul es encarcelado sin pruebas, cuando una reportera en Kabul recibe amenazas y la policía no actúa, el mensaje es claro. Escribir es peligroso. Callar es sobrevivir. Y así, sin necesidad de prohibir nada, sin necesidad de censurar nada, el silencio se instala como dueño de la prensa.
La distopía no siempre llega con botas y uniformes. A veces llega con la ausencia. Con la silla vacía en la redacción. Con la nota que nunca se publicó porque quien debía escribirla ya no está. Cuarenta y cinco periodistas. Este año. ¿Cuántos más antes de que la cifra deje de ser noticia y pase a ser costumbre?
En Chile, durante la dictadura, los periodistas fueron perseguidos, exiliados y asesinados. Sus nombres están grabados en memoriales que visitamos cada 11 de septiembre. Pero la memoria sin acción es decorado. Honrar a los periodistas muertos exige proteger a los vivos: exigir que los crímenes contra la prensa se investiguen, que la impunidad no sea la norma, que la solidaridad internacional no sea un comunicado sino una presión concreta. Cada periodista que desaparece borra un pedazo de la realidad compartida. Y sin realidad compartida, no hay democracia que sostener.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile