Sociedad
El pasaporte sanitario
En 2021, Francia implementó el passe sanitaire: sin él, no podías entrar a un restaurante, a un cine, a un museo, ni siquiera a un centro comercial.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# El pasaporte sanitario
En 2021, Francia implementó el passe sanitaire: sin él, no podías entrar a un restaurante, a un cine, a un museo, ni siquiera a un centro comercial. El pasaporte sanitario, presentado como herramienta de salud pública, se convirtió de facto en un documento de identidad sanitaria que dividía a los ciudadanos en dos categorías: los que tenían acceso a la vida normal y los que no. La justificación era razonable: proteger la salud colectiva. Pero el mecanismo era inquietante: un Estado que decide dónde puedes estar según tu estado médico.
La experiencia no fue exclusiva de Francia. Israel fue pionero con su «green pass», Italia implementó el «certificado verde», y la Unión Europea creó el certificado COVID digital que regulaba la libre circulación dentro del bloque. En cada caso, el argumento fue el mismo: es temporal, es por tu bien, es por el bien de todos. Pero lo que nadie explicó con claridad fue cuándo terminaría lo temporal, quién decidiría que había terminado y qué pasaría con la infraestructura de control una vez que la emergencia pasara.
La pregunta central no es si los pasaportes sanitarios fueron útiles durante la pandemia: la pregunta es qué tipo de precedente establecen. Si el Estado puede restringir tu acceso a espacios públicos según tu estado de vacunación hoy, ¿puede restringirlo según tu peso mañana? ¿Según tu consumo de alcohol? ¿Según tu predisposición genética a ciertas enfermedades? La lógica del pasaporte sanitario es la lógica de la exclusión justificada: siempre hay una buena razón para negarte un derecho. Y cada vez que aceptamos una, la próxima es más fácil.
Como escritor de distopías, pienso en las sociedades segregadas de la ficción: los Alfas y los Epsilones de Brave New World, los válidos y los invalidos de Gattaca, los ciudadanos y los no ciudadanos de tantas novelas. La segregación sanitaria es más sutil pero igualmente divisoria: no te excluye por tu raza o tu clase, te excluye por tu cuerpo. Y lo hace con la legitimidad que confiere la ciencia médica, que es la forma más difícil de autoridad para cuestionar.
El pasaporte sanitario también reveló la desigualdad profunda de nuestro mundo. Mientras los países ricos vacunaban a su población y emitían certificados digitales, miles de millones de personas en el Sur global quedaron atrapadas sin acceso a vacunas y sin posibilidad de obtener el pasaporte. La exclusión sanitaria no fue solo individual: fue global. Los ricos se movían; los pobres se quedaban. Y la frontera entre ellos no era un muro de concreto sino un código QR.
Desde Pucón, donde la pandemia llegó tarde pero las restricciones llegaron a tiempo, escribo para advertir que los pasaportes sanitarios no son solo herramientas médicas: son infraestructuras de control. Y las infraestructuras de control, una vez construidas, rara vez se desmontan. Se adaptan, se amplían, se normalizan. La salud pública merece protección, pero no al precio de convertir el cuerpo en credencial y la ciudadanía en privilegio condicional. Porque cuando tu derecho a existir en público depende de un certificado, ya no tienes un derecho: tienes un permiso. Y los permisos se revocan.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile