← Volver a columnas

Territorio

El país que no te quiere

Rolando Fryderup · 29 de marzo de 2027 · 4 min de lectura

Huiste de la guerra. Cruzaste el Mediterráneo en una patera, o caminaste miles de kilómetros por los Balcanes, o atravesaste el Darién con tus hijos.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# El país que no te quiere

Huiste de la guerra. Cruzaste el Mediterráneo en una patera, o caminaste miles de kilómetros por los Balcanes, o atravesaste el Darién con tus hijos. Llegaste a un país europeo y te trataron como delincuente. En Hungría, Viktor Orbán construyó campos de detención —los llamó «zonas de tránsito»— donde los solicitantes de asilo esperaban meses en contenedores metálicos, sin abogados, sin información, sin derechos. En Grecia, el campo de Moria en la isla de Lesbos llegó a albergar a veinte mil personas en un espacio diseñado para tres mil. Las condiciones eran tan infernales que Médicos Sin Fronteras las describió como una emergencia humanitaria creada deliberadamente por la Unión Europea.

La criminalización de la migración es una estrategia política, no una consecuencia natural. Cuando Orbán dice que los migrantes amenazan la civilización cristiana, cuando Matteo Salvini cierra los puertos italianos a los barcos de rescate, cuando Marine Le Pen habla de invasión, están construyendo un relato: el migrante como enemigo, el refugiado como amenaza, el extranjero como delincuente. Y ese relato tiene consecuencias letales. En 2023, el barco de rescate Adriana se hundió frente a las costas de Grecia con más de setecientas personas a bordo. La guardia costera griega fue acusada de no actuar a tiempo. Cientos de personas murieron en aguas europeas mientras los estados discutían quién tenía jurisdicción.

La ironía es brutal: los países que firman la Convención de Refugiados son los mismos que construyen muros para impedir que los refugiados lleguen. El derecho de asilo existe en el papel pero no en la práctica. Los estados europeos han externalizado sus fronteras: pagan a Turquía, a Libia, a Marruecos para que contengan a los migrantes antes de que lleguen a Europa. Es la privatización de la crueldad, la subcontratación del sufrimiento. Europa no cierra sus fronteras: paga a otros para que lo hagan en su nombre, y así mantiene las manos limpias mientras el Mediterráneo se llena de cuerpos.

Chile conoce esta dinámica desde ambos lados. Durante la dictadura, miles de chilenos huyeron y fueron acogidos —a veces con generosidad, a veces con indiferencia— en embajadas y países extranjeros. Hoy, Chile recibe migrantes venezolanos, haitianos, colombianos, y la respuesta ha sido ambivalente: hay solidaridad, pero también xenofobia, campamentos, explotación laboral, y un sistema migratorio colapsado que empuja a la irregularidad. El país que no te quiere no siempre es el que te cierra la puerta: a veces es el que te deja entrar pero no te deja vivir.

En la ficción distópica, el extranjero es siempre el sospechoso. En 『Children of Men』 de P.D. James, los refugiados son encerrados en jaulas. En 『The Camp of the Saints』 de Jean Raspail, la migración masiva es retratada como invasión bárbara. La literatura puede ser profética o puede ser propaganda: depende de dónde ponga su compasión. El país que no te quiere es el que prefiere verte muerto antes que verte sentado en su sala de espera. Y ese país, querido lector, no es distopía: es Europa en 2024.

Y sin embargo, hay esperanza. Hay chilenos que abren sus casas a migrantes, organizaciones que ofrecen comida y asistencia legal, comunidades que se organizan para defender a sus vecinos. La xenofobia es ruidosa, pero la solidaridad es persistente. El país que no te quiere también tiene gente que sí, y esa gente es la que mantiene viva la posibilidad de que otro Chile es posible.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

#migracion #fronteras #territorio