← Volver a columnas

Memoria

El museo vacío

Rolando Fryderup · 24 de febrero de 2027 · 3 min de lectura

Entraste al museo y no había nada. Solo la versión autorizada del pasado, pulida y desinfectada, sin sangre, sin nombres, sin grietas.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# El museo vacío

Entraste al museo y no había nada. Solo la versión autorizada del pasado, pulida y desinfectada, sin sangre, sin nombres, sin grietas. En Budapest, la Casa del Terror exhibe los crímenes del comunismo pero silencia la complicidad húngara en el Holocausto. En Tokio, el Museo Yushukan del Santuario Yasukuni presenta la Segunda Guerra Mundial como una guerra de liberación asiática. En Chile, durante la dictadura, los museos fueron intervenidos: se eliminaron referencias a la Unidad Popular, se clausuraron exposiciones «subversivas», se persiguió a artistas y se vetaron obras. El museo vacío no es un edificio sin contenido: es un edificio con contenido sospechoso, un contenido que cuenta solo una versión —la del poder— y omite todas las demás con la precisión de quien sabe que la verdad completa es peligrosa.

El Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Santiago, inaugurado en 2010 bajo el gobierno de Michelle Bachelet, fue un gesto valiente pero frágil. Desde su creación, ha sido objeto de ataques: negacionistas lo acusan de «sesgo ideológico», políticos de derecha proponen «equilibrar» la narrativa, columnistas conservadores lo llaman «museo del odio». En 2020, durante el estallido social, el museo fue protegido por los propios manifestantes que formaron cadenas humanas a su alrededor. La defensa del museo era, simultáneamente, la defensa de la memoria. Y la memoria, en Chile, todavía necesita ser defendida.

El ataque a los museos de la memoria es una tendencia global. En Polonia, la ley de 2018 castiga con pena de prisión atribuir responsabilidad al Estado polaco por crímenes del Holocausto —una ley diseñada para silenciar la investigación histórica sobre la complicidad polaca—. En Rusia, la organización Memorial, galardonada con el Nobel de la Paz en 2022, fue disuelta por las autoridades. Sus archivos sobre las represiones soviéticas fueron confiscados. En Brasil, el gobierno de Bolsonaro amenazó con revisar el contenido del Museo de la Resistencia de São Paulo. El patrón es consistente: donde hay memoria, hay ataque. Y donde hay ataque, hay algo que alguien quiere que olvidemos.

En la ficción, el museo vacío es un tropo poderoso. En «Fahrenheit 451», los libros se memorizan porque los edificios están vacíos de ellos. En «El nombre de la rosa» de Umberto Eco, la biblioteca prohibida es el espacio donde reside el conocimiento peligroso. El museo que no muestra, la biblioteca que no presta, el archivo que no abre: son variaciones del mismo gesto autoritario, la misma voluntad de controlar lo que se puede saber.

En Chile, el museo no puede estar vacío. No puede ser una vitrina aséptica ni un mausoleo indoloro. Debe incomodar, provocar, obligar a mirar lo que se prefiere no ver. Porque la memoria que no molesta no es memoria: es decoración. Y la decoración se quita cuando estorba. El museo vacío es el sueño de los verdugos: un pasado sin víctimas, sin dolor, sin responsabilidad. Contra ese sueño, solo funciona la obstinación de los que recuerdan. Y en Chile, todavía quedan los que recuerdan, los que exigen y los que no se van a callar.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

#memoria #censura #verdad