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Memoria

El monumento derribado

Rolando Fryderup · 12 de febrero de 2027 · 3 min de lectura

En 2020, las protestas antirracistas en Estados Unidos derribaron estatuas de generales confederados con cuerdas y gratitud colectiva.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# El monumento derribado

En 2020, las protestas antirracistas en Estados Unidos derribaron estatuas de generales confederados con cuerdas y gratitud colectiva. En Bristol, Inglaterra, la estatua del comerciante de esclavos Edward Colston terminó en el fondo del puerto entre aplausos. En Chile, durante el estallido social, monumentos a conquistadores y figuras ligadas a la dictadura fueron pintados, rayados y, en algunos casos, derribados con la misma furia con que se derriban las mentiras que se sostuvieron demasiado tiempo. La pregunta que se impone no es si estaba bien o mal: es ¿qué hace una sociedad con los símbolos de su opresión cuando la opresión ya no es oficial pero sus efectos siguen vigentes en cada indicador social?

El debate sobre los monumentos es un debate sobre quién tiene derecho al espacio público y a la narrativa que lo habita. En Estados Unidos, las estatuas confederadas no fueron erigidas después de la Guerra Civil: fueron instaladas décadas después, durante la era Jim Crow, como herramientas de intimidación racial. No honraban el pasado: amenazaban el presente. En Chile, los monumentos a la «gesta militar» del 73 no son homenajes inocentes: son afirmaciones de poder. Cada estatua de un general victorioso en una plaza pública es un recordatorio para los vencidos de quién manda y quién obedece, de quién tiene derecho al bronce y quién solo tiene derecho al olvido.

Tirar una estatua no borra la historia. La historia está en los libros, en los archivos, en los testimonios orales. Pero sí cambia la narrativa del espacio público: dice que ciertas personas —los esclavizados, los colonizados, los desaparecidos— también merecen ser visibles. En Alemania, no hay estatuas de Hitler. Nadie argumenta que sin ellas se olvida el nazismo. Hay memoriales a las víctimas, museos de la historia, «Stolpersteine» —piedras de tropiezo— en las aceras frente a las casas de los judíos deportados. Alemania eligió recordar desde la perspectiva del daño, no desde la del victimario. Chile todavía no ha hecho esa elección.

La ficción distópica nos advierte sobre la manipulación monumental. En «1984», las estatuas del Gran Hermano se multiplican mientras las de los enemigos desaparecen. En la vida real, Saddam Hussein construyó estatuas de sí mismo que los iraquíes derribaron en 2003 con la complicidad mediática del ejército invasor. La imagen de la estatua cayendo fue tan poderosa que se convirtió en símbolo —un símbolo fabricado para la televisión, pero símbolo al fin—. Derribar monumentos es un acto político, pero también lo es erigirlos. Y también lo es mantenerlos.

En Chile, el monumento derribado debería abrir una conversación, no cerrarla. No se trata de borrar a Pinochet del relato: se trata de dejar de honrarlo. No se trata de olvidar la conquista: se trata de visibilizar a los conquistados. La memoria pública no es un museo de cera: es un campo de batalla. Y cada estatua que cae es una oportunidad para preguntarnos: ¿a quién estamos recordando? Y, más importante aún: ¿a quién estamos olvidando? Porque la ausencia de monumentos a las víctimas es, en sí misma, un monumento a la impunidad.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

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