Memoria
El libro reescrito
Cada año, un capítulo cambia. En 2020, Hungría eliminó de sus libros de texto la República Popular Húngara y la revolución de 1956, reescribiendo décadas de historia en un solo decreto.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# El libro reescrito
Cada año, un capítulo cambia. En 2020, Hungría eliminó de sus libros de texto la República Popular Húngara y la revolución de 1956, reescribiendo décadas de historia en un solo decreto. En Rusia, una ley de 2021 prohíbe describir la Segunda Guerra Mundial como algo distinto a la «Gran Guerra Patria» y castiga con prisión comparar la URSS con la Alemania nazi. En Japón, los manuales escolares minimizan sistemáticamente la masacre de Nanjing y las «mujeres de consolación». En veinte años, la historia es otra completamente distinta. ¿Quién la reescribió? Los que tienen poder sobre las aulas. Y el poder sobre las aulas es el poder sobre el futuro de toda una generación.
La modificación de libros de texto no es un fenómeno nuevo. Stalin reescribía la enciclopedia soviética cada vez que un funcionario caía en desgracia: se ordenaba a los poseedores arrancar las páginas del «enemigo del pueblo» y reemplazarlas por las versiones actualizadas. Pero lo que antes requería imprentas y recolecciones masivas ahora se hace con un clic: las versiones digitales permiten actualizaciones instantáneas y sin rastro. La historia fluida no es una metáfora posmoderna: es una herramienta de control. Y la versión digital no deja huella del texto anterior. Lo borrado no existe.
En Chile, los libros de texto también han sido campo de batalla. Durante la dictadura, el régimen implementó los «Deberes y Derechos Constitucionales» como texto obligatorio, reescribiendo la historia reciente con eufemismos: «pronunciamiento militar» en lugar de golpe, «restauración del orden» en lugar de represión, «personas no ubicadas» en lugar de detenidos desaparecidos. La lengua no era neutra: era trinchera. Y las generaciones educadas bajo ese currículum crecieron con una versión de la historia que no era mentira completa, pero era verdad selectiva. Y la verdad selectiva, como bien sabía Orwell, es la mentira más eficaz porque se viste con los ropajes de lo parcialmente cierto.
En «1984», Winston Smith trabaja en el Ministerio de la Verdad reescribiendo pasados. «El que controla el pasado controla el futuro», repite el Partido como un mantra. Pero Orwell no anticipó algo peor que la reescritura: la irrelevancia. En la era de la desinformación, no importa si el libro de texto dice la verdad: si nadie lo lee, si la información compite con el ruido de las redes sociales, si la verdad histórica se diluye en un océano de opiniones, el efecto es el mismo. El pasado se vuelve prescindible. Y un pasado prescindible es un pasado que se puede reescribir sin resistencia.
El libro reescrito es una alarma. Cuando un gobierno modifica lo que los niños aprenden sobre su propio país, no está educando: está programando. Y la defensa contra la programación no es un libro único y verdadero: es la multiplicidad de voces, el acceso a archivos, la libertad de contrastar fuentes. Un país donde los libros de texto cambian sin debate público es un país donde la memoria es rehén. Y Chile, que sabe lo que cuesta recuperar la verdad después de diecisiete años de mentira oficial, debería ser el primero en vigilar.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile