Política
El influencer del Estado
No sabes que la persona que sigues trabaja para un gobierno. Tiene cien mil seguidores, publica contenido atractivo, opina sobre política con aparente independencia y naturalidad.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# El influencer del Estado
No sabes que la persona que sigues trabaja para un gobierno. Tiene cien mil seguidores, publica contenido atractivo, opina sobre política con aparente independencia y naturalidad. Te cuenta qué pensar sobre Ucrania, sobre China, sobre la economía, sobre las elecciones. Y tú lo escuchas, porque confías en él, porque te parece sincero, porque no es un político ni un medio de comunicación: es una persona como tú. Excepto que no: es un empleado del Estado, pagado para influir en tu opinión sin que nunca lo sepas.
Los programas de influencers estatales son una realidad documentada. Rusia opera la red de «trolls de Olgino», también conocida como la fábrica de trolls de San Petersburgo, que según investigaciones del FBI y de medios internacionales, emplea a cientos de personas para crear contenido en redes sociales en ruso, inglés y español con el objetivo de promover los intereses del Kremlin. China ha desarrollado un vasto programa de influencers en plataformas como TikTok, YouTube y Twitter que promueven narrativas positivas sobre el país mientras minimizan o niegan las críticas. Irán, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes también mantienen programas similares.
La efectividad de estos programas reside en la autenticidad simulada. Un vocero oficial genera desconfianza: sabemos que defiende al gobierno. Pero un influencer que parece independiente, que mezcla contenido personal con opiniones políticas, que tiene humor y carisma, penetra nuestras defensas críticas. No activamos el filtro que usaríamos ante un comunicado de prensa: lo consumimos como entretenimiento. Y en ese consumo relajado, la propaganda entra sin ser reconocida como tal. Es la versión digital del caballo de Troya: el mensaje hostil dentro de un envase amigable.
En América Latina, la sospecha de influencers pagados por gobiernos extranjeros se ha convertido en tema de debate. Durante las elecciones de varios países de la región, se detectaron cuentas con grandes audiencias que difundían narrativas alineadas con intereses de potencias extranjeras. Pero el problema no es solo externo: gobiernos locales también han utilizado influencers para moldear la opinión pública sin declarar la relación contractual. La línea entre la comunicación gubernamental legítima y la propaganda encubierta es cada vez más delgada, y la opacidad es la regla.
El influencer del Estado representa la evolución más sofisticada de la propaganda: aquella que no se reconoce como tal. Cuando la propaganda viene de un medio oficial, podemos filtrarla. Cuando viene de un amigo, de un conocido, de alguien que parece compartir nuestros valores, la guardia baja.
La solución no es desconfiar de todo el mundo, sino exigir transparencia: que los influencers declaren quién les paga, que las plataformas etiqueten el contenido patrocinado por Estados, que los gobiernos sean honestos sobre sus estrategias de comunicación. La desinformación más peligrosa no es la que miente: es la que finge ser independiente mientras sirve a un amo. Y mientras no sepamos quién está detrás de cada opinión que consumimos, la frontera entre la información y la manipulación será invisible. Exigir transparencia no es limitar la libertad de expresión: es protegerla de quienes la usan como disfraz.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile