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Vigilancia

El empleado con chip en la mano

Rolando Fryderup · 4 de agosto de 2026 · 4 min de lectura

En Suecia, miles de empleados se han implantado un chip en la mano para abrir puertas, pagar café y usar la impresora.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# El empleado con chip en la mano

En Suecia, miles de empleados se han implantado un chip en la mano para abrir puertas, pagar café y usar la impresora. Es voluntario, por ahora. La empresa Epicenter, una de las principales promotoras de la tecnología, lo presenta como la evolución natural del llavero y la tarjeta de acceso: ¿por qué cargar cosas cuando puedes ser la llave? La lógica es seductora y el chip es pequeño, el procedimiento es rápido y los beneficios parecen superiores a los costos. Pero la historia de la tecnología nos enseña que lo voluntario hoy suele ser obligatorio mañana.

Las tarjetas de crédito eran opcionales hasta que no poder pagar sin ellas se convirtió en una desventaja. Los teléfonos móviles eran un lujo hasta que no tener uno te excluyó del mercado laboral. El correo electrónico era opcional hasta que las empresas dejaron de aceptar currículums en papel. Cada tecnología que comienza como conveniencia termina como requisito. La trayectoria es tan predecible como inexorable, y el chip subcutáneo no parece ser la excepción.

El chip subcutáneo plantea preguntas que van más allá de la comodidad. ¿Quién posee los datos que genera? ¿Puede tu empleador rastrear tus movimientos dentro del edificio? ¿Puede negarte el acceso si no te implantas el chip? ¿Qué pasa cuando dejas el trabajo: te lo quitas? ¿Y si el chip evoluciona para incluir datos médicos, financieros, legales? El pasaporte biológico no es ciencia ficción; es el siguiente paso lógico en la cadena de la identidad digital. Y cada paso que damos en esa dirección reduce el espacio donde podemos existir sin ser rastreados.

En mi ficción exploro este territorio con la metáfora de la marca: el chip que te da acceso pero que también te marca como propiedad. No de una persona, sino de un sistema. El empleado con chip no es más libre porque puede abrir puertas con la mano; es más dependiente porque sin el chip no puede abrir nada. La libertad de movimiento se transforma en dependencia tecnológica, y la autonomía corporal se convierte en una concesión que el empleado hace a cambio de funcionalidad.

La distancia entre lo voluntario y lo obligatorio se mide en exclusión. Nadie te obliga a implantarte el chip, pero sin él las puertas no se abren, la cafetera no funciona, la impresora no responde. En la práctica, lo voluntario se convierte en coerción económica. Como escritor chileno, conozco esa trampa: las AFP eran voluntarias hasta que no hubo alternativa. En "El crudo invierno del 91", los personajes descubren que la libertad de elegir se vacía cuando solo hay una opción viable. El chip no es obligatorio, pero la exclusión por no tenerlo funciona como la pena más eficaz: no existir dentro del sistema.

El filósofo Byung-Chul Han habla de la sociedad del rendimiento, donde el sujeto se explota a sí mismo voluntariamente. El chip en la mano es el emblema perfecto de esta lógica: no te obligan a ponértelo, pero sin él estás fuera. Y estar fuera, en el siglo XXI, es no existir. La distopía no necesita cadenas cuando tiene chips. Solo necesita que tú quieras ponértelo. Y cuando la mayoría lo haga, los que se nieguen no serán vistos como resistentes sino como anómalos. Ese es el triunfo definitivo del control: que el rebelde parezca el problema.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

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