Distopía
El delito de recordar
Ucrania borra libros rusos de bibliotecas. Rusia borra Ucrania de los mapas. La guerra de la memoria en tiempo real. Quien controla que se recuerda, controla que se piensa.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# El delito de recordar
En 2023, escribí una columna que se llamaba "El archivo quemado". Contaba la historia de los archivos de la dictadura chilena que se quemaron antes de que se pudiera leerlos. La tesis era que la destrucción de archivos no es dano colateral de la represión: es su condicion previa. Quien borra la memoria, escribe el presente. Y quien escribe el presente, decide el futuro.
Esta semana lei dos noticias que confirman que la dinamica no es chilena. Es global.
En Ucrania, el parlamento aprobó en julio una ley que obliga a las bibliotecas publicas a retirar de sus estantes toda la literatura rusa publicada después de 1991. La ley se llama "Sobre la prohibicion de la distribución de materiales que exalten el imperialismo ruso". En la practica, significa que Tolstoi, Chejov, Pushkin, Bulgakov -y cualquier otro autor ruso que no se haya pronunciado contra la guerra- ya no puede leerse en una biblioteca pública ucraniana. La medida se justifica como defensa de la identidad nacional frente al invasor. La crítica que le hacen los propios bibliotecarios ucranianos es devastadora: "estamos haciendo exactamente lo que ellos nos hicieron a nosotros". Es la replica exacta del "11 de septiembre de los archivos" que escribí en aquella columna.
En Rusia, la situacion es más sistematica. Desde 2022, más de cien mil títulos han sido retirados de bibliotecas publicas o marcados como "materiales extremistas". Los autores prohibidos incluyen a Tolstoi (por sus posiciones pacifistas tardias), a Dostoievski (por sus criticas al nacionalismo), y a casi cualquier autor contemporaneo que se haya pronunciado contra la invasión. El Ministerio de Cultura ruso reemplazo el catalogo de la Biblioteca Estatal por una versión "purgada" en tiempo record. La guerra no sólo se libra en el frente. Se libra en los estantes.
Lo que une a ambos casos no es la guerra. Es la conclusión que ambos bandos sacan: en una guerra, la memoria del otro es un arma. Si el adversario recordo algo, ese recuerdo hay que borrarlo. Si lo escribio, hay que reescribirlo. Si lo cantó, hay que silenciarlo. La guerra de la memoria es más barata que la guerra de las bombas, y sus efectos son más durables. Una bomba destruye un edificio. Una ley de memoria destruye la posibilidad de pensar en un edificio.
Chile aprendio esto en 1973, y todavía esta pagando la cuenta. Los archivos del MIR, del Partido Comunista, del Mapu, de la izquierda democratica cristiana, fueron quemados. Los registros de detenidos desaparecidos fueron adulterados. Los nombres de los ejecutados políticos fueron borrados de los registros civiles. La historia oficial se escribio sobre un piso de papeles quemados. Y cuando en 1990 se quiso hacer la verdad, la verdad ya no existia.
La diferencia entre Chile, Ucrania y Rusia no es la magnitud del crimen. Es la tecnología. Chile quemo archivos en papel. Ucrania y Rusia borran archivos digitales. Y borrar un archivo digital es aún más definitivo que quemarlo: el papel deja ceniza, la ceniza deja huella. Un archivo digital borrado no deja nada. La memoria del siglo XXI es, en este sentido, más fragil que la del siglo XIX.
La pregunta que me hago es: ?que estamos haciendo nosotros? Chile lleva cuarenta años reconstruyendo su memoria. La ley de archivos, el Museo de la Memoria, los informes de la Comision Valech, la agenda de los 50 años. Todo eso es trabajo de reconstruccion. Pero reconstruccion contra que? Contra una tecnología que hace cada vez más facil borrar.
Y en el resto del mundo, ?que? La guerra de la memoria se esta globalizando. Ya no es sólo en países con dictadura. Es en democracias. Es en guerras hibridas. Es en redes sociales. Es en algoritmos que te muestran un pasado a la medida de tu visión política, y te ocultan el otro. La memoria ya no es un lugar comun: es un campo de batalla.
En mi propia escritura, intento hacer lo contrario. Intento recordar lo que otros quieren olvidar. La Resistencia, mi novela en preventa, cuenta la historia de una red que se niega a que la memoria se borre. No es casualidad. La literatura es, en parte, la única tecnología de la memoria que no ha podido ser completamente digitalizada. Un libro impreso sigue siendo un libro. Y mientras haya quien lo lea, la memoria sobrevive.
O eso quiero creer.