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Territorio

El cielo naranja

Rolando Fryderup · 22 de agosto de 2026 · 3 min de lectura

En 2023, Nueva York amaneció con el cielo naranja. No era un filtro de Instagram: era el humo de los incendios canadienses, a miles de kilómetros, que tiñó el aire de una ciudad que creía estar a s...

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# El cielo naranja

En 2023, Nueva York amaneció con el cielo naranja. No era un filtro de Instagram: era el humo de los incendios canadienses, a miles de kilómetros, que tiñó el aire de una ciudad que creía estar a salvo. Los neoyorquinos, acostumbrados a mirar con preocupación los incendios de California o Australia desde la distancia, experimentaron por primera vez lo que significa respirar un aire que quema los pulmones y oscurece el mediodía. Las máscaras volvieron. Los parques se vaciaron. Y por unos días, la capital financiera del mundo pareció una ciudad distópica sacada de una novela que nadie quiso leer.

Los incendios forestales de Canadá en 2023 fueron los más destructivos de su historia: más de dieciocho millones de hectáreas quemadas, humo que llegó hasta Europa, comunidades enteras evacuadas. En Australia, los incendios de 2019-2020 mataron o desplazaron a tres mil millones de animales. En Chile, la región del Biobío ardió en 2023 con una ferocidad que dejó comunidades enteras destruidas y un paisaje lunar donde antes había bosques. En Grecia, Portugal, California: el fuego es el mismo, solo cambian las coordenadas. Y las coordenadas, cada verano, se acercan más a casa.

El cambio climático no causa los incendios directamente, pero crea las condiciones para que sean más frecuentes, más extensos y más difíciles de controlar. Olas de calor más intensas, sequías más prolongadas, vientos más erráticos: cada factor se amplifica y el resultado es un planeta que arde con una regularidad que ya no sorprende. Y cuando el humo cruza fronteras y continentes, nadie está a salvo. Ni el banquero de Manhattan ni el campesino de la Araucanía respiran diferente.

Lo que el cielo naranja de Nueva York reveló es la ilusión de la distancia. Creíamos que los desastres climáticos eran problemas de otros: de los isleños del Pacífico, de los campesinos africanos, de los australianos del bush. Pero el humo no respeta fronteras, ni muros, ni niveles de ingreso. Respiramos el mismo aire, y cuando ese aire se vuelve venenoso, la riqueza no compra un pulmón alternativo. El cielo naranja fue una advertencia visual: esto es lo que viene, y no importa cuánto dinero tengas en el banco.

El desastre ambiental no respeta fronteras, aunque los tratados comerciales sí. El humo de los incendios en Australia oscureció cielos en Sudamérica; la ceniza del Amazonas cayó sobre Sao Paulo. Como escritor chileno, observo cómo los efectos del colapso ecológico son globales mientras las responsabilidades son desigualmente locales. En "El crudo invierno del 91", el cielo naranja no es metáfora sino la atmósfera permanente de un mundo donde nadie puede cerrar la ventana y escapar. La tragedia ambiental es la prueba definitiva de que las fronteras son invenciones: el veneno cruza sin pasaporte.

En mi ficción distópica, el cielo naranja es el telón de fondo permanente: un mundo donde los niños no conocen el azul, donde la luz del sol es un recuerdo de los abuelos. Pero la realidad ya supera la ficción. El cielo naranja ya ocurrió. Ya lo respiramos. Ya lo olvidamos. Y eso es lo más aterrador: que el horror pueda volverse rutina, que el color del cielo pueda cambiar y que nadie se detenga a preguntar por qué. El cielo naranja no fue una anomalía: fue una visita del futuro.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

#clima #ecologia #futuro