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Política

El bot que convenció a un país

Rolando Fryderup · 18 de octubre de 2026 · 3 min de lectura

Diez mil bots pueden cambiar una elección. No es hipérbole: es lo que ya ocurrió.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# El bot que convenció a un país

Diez mil bots pueden cambiar una elección. No es hipérbole: es lo que ya ocurrió. En las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2016, la Agencia de Investigación de Internet de Rusia desplegó miles de cuentas automatizadas en Twitter y Facebook para influir en la opinión pública estadounidense. En Brasil, las elecciones de 2018 vieron cómo redes de bots y cuentas falsas amplificaban mensajes a favor de Jair Bolsonaro y atacaban a sus oponentes con desinformación. En Filipinas, el gobierno de Rodrigo Duterte utilizó ejércitos de trolls para acosar a críticos y manipular las narrativas públicas. ¿Te diste cuenta?

Un bot es una cuenta automatizada que publica, comparte y responde como si fuera una persona real. Pero no lo es. Es un programa de software diseñado para simular comportamiento humano en redes sociales. Diez mil bots publicando el mismo hashtag a la vez pueden convertir una opinión marginal en una tendencia nacional. Pueden hacer que una mentira parezca un consenso. Pueden hacer que un candidato parezca apoyado por multitudes que no existen. Y lo hacen a una fracción del costo de una campaña publicitaria tradicional.

La operación de influencia digital es una industria global. Empresas como la ya mencionada Agencia de Investigación de Internet de San Petersburgo operan con presupuestos de millones de dólares y cientos de empleados que trabajan en turnos, como en una fábrica. Fabrican noticias falsas, crean memes, producen videos y los distribuyen a través de redes coordinadas de cuentas falsas y automatizadas. Su objetivo no es convencerte de algo: es sembrar duda, polarizar y desmovilizar. Si no sabes en qué creer, no actúas. Y si no actúas, el status quo se mantiene.

Lo más perturbador es que los bots no necesitan convencer a la mayoría. Basta con influir en un pequeño porcentaje de votantes indecisos en los distritos clave. Un estudio de la Universidad de Oxford estimó que en las elecciones de 2016, el contenido generado por bots rusos alcanzó a ciento veintiséis millones de personas en Facebook. No todos creyeron la desinformación. Pero si solo el uno por ciento cambió su voto o decidió no votar, eso fue suficiente en estados donde la diferencia se midió en decenas de miles de sufragios.

El bot que convenció a un país opera en la sombra, pero su lógica es visible. Cada vez que ves una tendencia que parece orgánica, cada vez que un argumento se repite idéntico en cientos de cuentas, cada vez que un ataque coordinado aparece de la nada contra un candidato o una causa, sospecha. La democracia supone que las opiniones son de personas. Cuando las opiniones son de máquinas disfrazadas de personas, la democracia es una ficción sostenida por algoritmos.

Y las ficciones, por más sofisticadas que sean, siempre se derrumban. El problema es que cuando lo hacen, la confianza se va con ellas. La solución pasa por transparencia: las plataformas deben identificar y etiquetar las cuentas automatizadas, los gobiernos deben regular la operativa de influencia digital como lo regulan la propaganda tradicional, y los ciudadanos deben desarrollar el instinto de desconfiar de los consensos que aparecen demasiado rápido y demasiado perfectos. Un bot no puede votar, pero puede convencerte de cómo hacerlo. Y esa es la amenaza más silenciosa de todas.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

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