Territorio
El aire que venden
Cuando el aire limpio sea un lujo, ¿quién podrá respirar gratis? En Delhi, la contaminación es tan grave que las escuelas cierran, los vuelos se cancelan y la gente camina con máscaras como si vivi...
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# El aire que venden
Cuando el aire limpio sea un lujo, ¿quién podrá respirar gratis? En Delhi, la contaminación es tan grave que las escuelas cierran, los vuelos se cancelan y la gente camina con máscaras como si viviera en una ciudad posapocalíptica. En 2022, el índice de calidad del aire superó los seiscientos puntos en algunos barrios, más de veinte veces el nivel que la OMS considera seguro. Mientras tanto, una empresa canadiense vende aire enlatado de los Rocky Mountains a cuarenta dólares la lata. Lo que debería ser un derecho universal se convierte en un producto premium.
El aire enlatado es una curiosidad hoy, pero podría ser un producto de consumo mañana. Ya existen purificadores de aire domésticos que cuestan miles de dólares, sistemas de ventilación con filtros HEPA para edificios de lujo, y estaciones de oxígeno en ciudades chinas donde, por un yuan, puedes respirar aire limpio durante tres minutos. La mercantilización del aire es el extremo lógico del capitalismo: si puedes privatizar la tierra y el agua, ¿por qué no el aire? Y si puedes vender el aire, ¿qué queda que no tenga precio?
La contaminación del aire mata a siete millones de personas al año según la OMS. No es una causa de muerte marginal: es la primera causa ambiental de mortalidad en el mundo. Y como toda crisis ambiental, afecta desproporcionadamente a los pobres. En Delhi, los barrios ricos tienen purificadores, los barrios pobres tienen smog. En Santiago de Chile, las comunas del oriente respiran mejor que las del sur y occidente, no porque el aire escoja dónde ir, sino porque las fuentes contaminantes se instalan donde la gente tiene menos poder de queja. La geografía de la contaminación replica la geografía de la desigualdad.
El derecho a respirar debería ser innegociable. Pero vivimos en un mundo donde hasta el oxígeno tiene precio. Las empresas venden aire limpio en lata como si fuera perfume, los edificios de lujo prometen aire filtrado como amenidad y los pobres respiran lo que les toca. No es distopía: es el catálogo de productos de una economía que ha convertido la supervivencia en un negocio. Y cuando respirar limpio es un privilegio, la ciudadanía se reduce a poder comprar el derecho a existir.
El aire es el último commons, el bien común que nadie había logrado cercar. Pero ya hay empresas vendiendo aire purificado en latas, estaciones de filtración de pago y barrios con atmósfera controlada. Como escritor chileno, recuerdo cómo el agua, que también fue un bien común, terminó privatizada en mi país. El aire sigue el mismo camino: primero se contamina, luego se mercantiliza la limpieza. En "El crudo invierno del 91", respirar es un acto económico. La cercanía del aire no es solo una distopía literaria: es la consecuencia lógica de un sistema que ya cercó el agua y ahora busca cercar la atmósfera.
En mis historias, el aire que venden es el símbolo definitivo de un mundo donde todo tiene precio, incluso lo que debería ser gratis. Donde respirar es un derecho solo si puedes pagarlo. Y donde la contaminación no es un error del sistema sino su consecuencia más predecible. El aire que venden no es aire: es la prueba de que lo gratuito ya no existe, de que hasta el acto más básico de la vida, inhalar y exhalar, ha sido colonizado por el mercado. Y si el aire tiene precio, ¿qué no lo tendrá?
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile