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Memoria

El abuelo que no hablaba

Rolando Fryderup · 15 de febrero de 2027 · 3 min de lectura

Tu abuelo vivió algo terrible. Nunca lo contó.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# El abuelo que no hablaba

Tu abuelo vivió algo terrible. Nunca lo contó. A veces, en las noches de fiesta familiar, cuando alguien mencionaba «esa época», el silencio caía como una losa sobre la mesa. Tu abuelo cambiaba de tema, tu abuela servía más vino, y los niños seguían jugando sin entender por qué el aire se había espesado de repente. Millones de familias latinoamericanas conviven con este silencio: un vacío que ocupa más espacio que cualquier palabra, una presencia ausente que se siente en cada reunión donde alguien se contiene de decir lo que sabe. En Chile, la dictadura no solo torturó y desapareció: silenció. Y el silencio, cuando es estructural, se hereda como una propiedad familiar que nadie quiere pero nadie logra vender.

La transmisión generacional del trauma es un fenómeno documentado por la psicología y la neurobiología. Estudios sobre hijos y nietos de sobrevivientes del Holocausto muestran que el estrés postraumático se transmite a través de patrones de apego, comunicación familiar y, según investigaciones de Rachel Yehuda en la Universidad Mount Sinai, incluso a través de modificaciones epigenéticas. Los nietos de quienes sufrieron traumas extremos tienen marcas biológicas que no provienen de su propia experiencia, sino de la de sus abuelos. El cuerpo recuerda lo que la boca no dice. Y el silencio se inscribe en la carne de los que vienen después.

En Chile, este silencio tiene nombre político. La transición a la democracia se construyó sobre un pacto de silencio: la «democracia de los acuerdos» que priorizó la estabilidad sobre la justicia, la cordura sobre la verdad. Los torturadores no fueron juzgados. Los cómplices civiles no fueron nombrados. Las empresas que se enriquecieron bajo la dictadura siguen operando. Y las familias de los detenidos desaparecidos siguen esperando. El silencio no fue sanación: fue estrategia política. Y la factura llegó con el estallido de 2019, cuando una generación que no vivió la dictadura explotó con una rabia que no sabía nombrar pero que llevaba décadas acumulándose en el ADN familiar.

Isabel Allende, en «La casa de los espíritus», retrató el silencio familiar como un personaje más: la Clara que deja de hablar, la Alba que hereda el trauma sin saberlo. Roberto Bolaño, en «Nocturno de Chile», puso en voz del crítico literario Sebastián Urrutia Lacroix la complicidad del silencio intelectual. La literatura chilena está llena de abuelos que no hablan, de mesas donde ciertos temas no se tocan, de estantes con cajas que nadie abre. La ficción traduce lo que la realidad silencia.

El abuelo que no hablaba no era cobarde. Era un sobreviviente en un país donde hablar era peligroso —y donde, a menudo, sigue siéndolo—. Pero el silencio tiene fecha de vencimiento. Llega un momento en que la única forma de sanar es nombrar. Y ese nombramiento, cuando finalmente ocurre, no es solo personal: es político. Porque lo que tu abuelo no pudo decir, tú puedes gritarlo. Y eso, más que cualquier monumento o archivo, es memoria viva. La memoria que se transmite no es la de los libros: es la de la sangre.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

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