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Sociedad

Comida para ricos, hambre para todos

Rolando Fryderup · 28 de enero de 2027 · 3 min de lectura

En la Avenida Alonso de Córdova, en Santiago, hay restaurantes donde una cena para dos cuesta lo que una familia chilena promedio gasta en una semana de alimentación completa.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# Comida para ricos, hambre para todos

En la Avenida Alonso de Córdova, en Santiago, hay restaurantes donde una cena para dos cuesta lo que una familia chilena promedio gasta en una semana de alimentación completa. Vino de terruño, trufas importadas, carne de wagyu. Al mismo tiempo, en la comuna de Cerro Navia, los bancos de alimentos reportan un aumento del cuarenta por ciento en la demanda desde 2020. Dos mundos, una calle. La comida, como el aire y el agua, revela con crudeza quién importa y quién sobra en la organización de nuestras sociedades. Y la respuesta, siempre, es la misma: sobran los de abajo.

La FAO calcula que setecientos treinta y tres millones de personas padecen hambre crónica en el mundo. No falta comida: según la propia FAO, se producen suficientes alimentos para nutrir a diez mil millones de personas, más que la población actual del planeta entero. El problema no es de producción, sino de distribución. Y la distribución es una decisión política, no una ley natural. Mientras toneladas de alimentos se desperdician en los países ricos —un tercio de la producción mundial se pierde o desperdicia según el PNUMA—, millones no tienen acceso a una comida digna. Los supermercados tiran comida al contenedor antes de que caduque, y los indigentes rebuscan en la basura lo que la abundancia desecha. No es tragedia natural: es ingeniería social con presupuestos ajustados.

En Chile, la pandemia reveló una verdad oculta y dolorosa: la clase media no existía como categoría segura. O más bien, existía a un sueldo del hambre. Las ollas comunes que proliferaron en 2020 no eran solo para indigentes. Eran para familias que antes pagaban el seguro de salud y el colegio de sus hijos. Eran para gente como tú, como yo, como el vecino que un día se encontró haciendo fila junto a quienes siempre habían estado ahí. El Gobierno habló de «apoyo económico», pero los subsidios fueron migajas frente a un sistema que produce pobreza estructural. Y los restaurantes de lujo, mientras tanto, reabrieron con reservas exclusivas y menús de temporada como si nada hubiera pasado.

En «Los juegos del hambre», Suzanne Collins imaginó un Capitolio donde los ciudadanos vomitan para poder seguir comiendo mientras los distritos mueren de inanición. La metáfora es tan literal que casi duele reconocerla. En la Roma antigua, los banquetes de la élite incluían el vomitorium. En el mundo actual, el desperdicio alimentario de los países ricos equivale al consumo calórico de los países pobres. El vomitorium nunca desapareció: se industrializó y se globalizó. Se llama cadena de frío, fecha de vencimiento y estándares estéticos que descartan la fruta fea.

La hambre no es una fatalidad. Es una elección colectiva que disfrazamos de inevitabilidad. Cuando un restaurante de lujo tira comida que podría alimentar a diez familias, no es tragedia: es escándalo. Cuando un supermercado prefiere desechar productos a donarlos por temor a responsabilidad legal, no es economía: es ética rota. La comida para ricos y el hambre para todos no son dos fenómenos paralelos. Son el mismo fenómeno visto desde los dos lados del muro invisible. Y el muro, como siempre, se derriba con política, no con caridad.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

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