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Vigilancia

Cámaras en el aula

Rolando Fryderup · 7 de agosto de 2026 · 3 min de lectura

En colegios de China, cámaras con inteligencia artificial analizan la atención de los estudiantes cada treinta segundos.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# Cámaras en el aula

En colegios de China, cámaras con inteligencia artificial analizan la atención de los estudiantes cada treinta segundos. Miden si miran al frente, si toman notas, si bostezan, si hablan con el compañero. Generan un puntaje de atención que se envía a los padres y se incluye en el expediente académico. El sistema, desarrollado por la empresa Hikvision, se ha instalado en más de sesenta escuelas y se promociona como una revolución educativa. Pero revolución para quién, es la pregunta que nadie se hace.

La justificación es siempre la misma: mejorar el rendimiento, garantizar la calidad, proteger a los niños. Pero ¿qué tipo de adultos produce un sistema que vigila cada gesto, que castiga la distracción, que convierte el aula en un panóptico? La respuesta la conocemos: produce sujetos obedientes, no ciudadanos críticos. Produce personas que aprenden a performar atención, no a prestarla genuinamente. La cámara no mide aprendizaje; mide conformidad. Y la conformidad, cuando se entrena desde la infancia, se convierte en segunda naturaleza.

En Occidente miramos con horror estas noticias y nos decimos que aquí no pasaría. Pero la vigilancia escolar avanzó durante la pandemia de maneras que pocos cuestionaron. Las plataformas de educación remota monitoreaban a los estudiantes mediante software que detectaba si abandonaban la pantalla, si miraban hacia otro lado, si tenían otra pestaña abierta. Proctorio, ExamSoft, Honorlock: nombres que suenan a distopía y que se usaron en universidades de todo el mundo para vigilar exámenes en línea, capturando datos biométricos, movimientos oculares y patrones de tecleo sin que los estudiantes pudieran oponerse.

La normalización de la vigilancia en la educación es especialmente perversa porque se ejerce sobre los más vulnerables. Los niños y adolescentes no pueden negarse a ser vigilados; no tienen la opción de cambiar de escuela o de rechazar la tecnología. Aprenden desde pequeños que ser observado es la condición natural de la existencia, que la privacidad no es un derecho sino una sospecha, y que la atención constante de un sistema externo es la prueba de que alguien se preocupa por ellos. Es la domesticación del individuo disfrazada de cuidado.

El niño vigilado se convierte en el adulto que se vigila a sí mismo. Esa es la herencia más tóxica de la vigilancia escolar: no las cámaras, sino la internalización del control. Cuando aprendes desde pequeño que alguien observa cada gesto, no desarrollas autonomía sino autocompensación. Como escritor de distopía, pienso en las generaciones chilenas formadas bajo la mirada del régimen militar, que aprendieron a medir cada palabra. En "El crudo invierno del 91", la escuela es la fábrica de sujetos dóciles que el sistema necesita. La cámara no vigila al niño: construye al adulto obediente que el Estado requiere.

En mis historias, el aula vigilada es el origen de la distopía: el lugar donde se aprende a no pensar libremente, donde la mirada del poder se internaliza hasta que el niño se vigila a sí mismo. No necesitas cámaras cuando el miedo a ser observado ya habita dentro de ti. Y eso, me temo, no es ficción. Es el aula de hoy en demasiadas partes del mundo, y es el germen de una sociedad que confunde obediencia con virtud y disciplina con educación.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

#vigilancia #algoritmo #privacidad