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Sociedad

Adultos de 30 que necesitan manual para vivir

Rolando Fryderup · 31 de agosto de 2026 · 5 min de lectura

Terapias para aprender a hacer una llamada telefonica sin ansiedad. Talleres para lavar ropa a los 22. La infantilizacion como industria del siglo XXI.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# Adultos de 30 que necesitan manual para vivir

Hace dos años, escribí una columna sobre los talleres que se empezaron a ofrecer en Chile para ensenar a jovenes de 22 años a lavar ropa, planchar una camisa, o cocinar un arroz. Me pareció un sintoma. Ahora es una industria.

El fenomeno tiene nombre en la literatura academica: "adulting". Es el anglicismo que usan los millennials y la Gen Z para describir las tareas cotidianas que la generación anterior daba por sentadas. En Estados Unidos, los cursos de adulting son un negocio de dos mil millones de dolares al año. Hay cursos para hacer una llamada telefonica sin ansiedad, para leer un contrato de arriendo, para presentar una queja en un restaurant, para ir al médico sólo. En Chile, el fenomeno es más reciente pero sigue la misma curva. En 2024 se fundo la primera "escuela de adultez" en Santiago, con una lista de espera de seis meses.

Lo que estas escuelas ensenan no son habilidades particularmente complejas. Son habilidades que cualquier persona de treinta años, hace cuarenta años, daba por aprendidas. La diferencia es que la generación actual no las aprendio en la casa. Y la razón por la que no las aprendio en la casa no es un misterio: porque no tuvo quien se las ensenara.

La composicion del hogar chileno cambió de manera radical en las últimas dos décadas. La tasa de hogares monoparentales se duplico. La tasa de padres que trabajan fuera del hogar, y madres también, es la más alta de la historia. El tiempo que un adulto pasa con un nino en su casa, en Chile, es de 23 minutos al día. En los años 80 era de 90. La cifra no es una opinión: es una medicion del Ministerio de Desarrollo Social. Veintitres minutos diarios para ensenarle a un nino todo lo que necesita saber para vivir.

Y en esos veintitres minutos, ?que se ensena? Lo urgente: comer, banarse, no pegarse con la puerta. Lo contingente: la tarea del colegio, el desayuno, el control pediatric. Lo emotivo: el abrazo antes de dormir. Lo que no se ensena, y que antes se ensenaba "de pasada", es todo lo demas. Como funciona un telefono. Como se lee una boleta. Como se hace una transferencia bancaria. Como se trata a un vecino. Como se espera en una fila. Como se hace un currículum. Como se sostiene una conversacion con alguien que no conoces. Todas esas pequenas pedagogias domesticas que se transmiten en la convivencia, desaparecen cuando la convivencia se reduce a veintitres minutos diarios.

Lo que estamos produciendo, entonces, no es una generación que no sabe. Es una generación que no tuvo quien le ensenara. La diferencia es importante. No es culpa de los jovenes. Es una falla estructural del sistema que los rodea.

Pero ahí viene el problema. La industria de la "escuela de adultez" no resuelve la falla estructural. La monetiza. Vende cursos a precios que sólo pueden pagar jovenes con cierto nivel de ingreso, o cuyos padres tienen cierto nivel de ingreso. Y asi, la habilidad que antes se aprendia gratis en la casa -porque estaba al lado de quien la hacia- ahora se compra a una institución. La privatization de la crianza, llevamos al extremo.

Yo escribo esto como padre reciente. Mi hija va a cumplir un año. Y me toca decidir, en estos doce meses, cuantas cosas le voy a ensenar "de pasada". Cuando tenga quince, podra hacer un arroz sola? Sabra como funciona una lavadora? Podra ir al médico sin que le tiemble la mano? Le voy a poder ensenar a ser adulta sin tener que pagarle una escuela para eso?

No tengo respuestas. Pero tengo una intuicion. La intuicion es que las pequenas pedagogias no requieren grandes tiempos. Requieren presencia. Veintitres minutos diarios, sí son de presencia real, son suficientes para ensenar casi todo. Lo que no se puede ensenar en veintitres minutos, no se ensena en un curso de dos horas un sabado. Y lo que se ensena en un curso, no deja huella: se olvida en tres semanas.

La industria del adulting no va a resolver el problema. Lo va a cronificar. Y mientras cronifica el problema, cronifica también la solución: seguir vendiendole a los hijos de los que no pudieron ensenarles, cursos para que aprendan lo que deberian haber aprendido en casa. La cadena sigue. Y la culpa sigue saltando de generación en generación, hasta que alguien decide parar.

Parar seria, en parte, decidir trabajar menos para estar más. Decidir que el tiempo en casa no es tiempo perdido, sino el único tiempo que importa. Decidir que las pequenas ensenanzas -doblar una camisa, hacer una transferencia, llamar al dentista- valen más que cualquier curso pago. Y que la adultez no se aprende: se vive, con otros que ya la viven.

Mientras tanto, mi hija cumple un año. Y yo intento ensenarle, con el tiempo que tengo, las cosas que me hubiera gustado que alguien me ensenara a mi.

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