Sociedad
Tu trabajo no vale nada
Doce horas de pie, embalando cajas en un almacén logístico a las afueras de Santiago. Al final del mes, el sueldo no alcanza para el arriendo, la locomoción y la comida de una familia de tres.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# Tu trabajo no vale nada
Doce horas de pie, embalando cajas en un almacén logístico a las afueras de Santiago. Al final del mes, el sueldo no alcanza para el arriendo, la locomoción y la comida de una familia de tres. No es una historia de ficción: es la realidad de cientos de miles de trabajadores chilenos subcontratados, temporales, a plazo fijo. La Organización Internacional del Trabajo calcula que más de dos mil millones de personas en el mundo trabajan en la economía informal, sin contratos, sin seguridad social, sin red de protección. Dos mil millones: más de la población de China y Europa juntas. ¿Es trabajo o es esclavitud con nómina de pago?
En Bangladesh, las obreras de la industria textil —las que cosen las camisetas que compras a diez dólares en tu centro comercial favorito— ganan veinticinco dólares al mes. Veinticinco. En Guatemala, los cortadores de caña de azúcar trabajan bajo un sol que mata los riñones, víctimas de una epidemia de enfermedad renal crónica que los trabajadores llaman «la tristeza». En España, los temporeros de Huelva y Almería viven en chabolas sin agua corriente mientras empaquetan fresas que terminan en las mesas de Madrid y Berlín. El eslabón más débil de la cadena global de suministro siempre tiene la misma cara: la de alguien moreno, alguien pobre, alguien que no tiene papeles para quejarse.
La distopía laboral no necesita campos de trabajo forzado. Necesita contratos basura, subcontratas encadenadas y plataformas que convierten al trabajador en «socio colaborador» sin derecho a sindicato. Uber, Rappi, Glovo: la economía gig es el neoliberalismo llevado a su expresión más pura. No eres empleado, eres un emprendedor de tu propia explotación. El riesgo lo asumes tú. La ganancia se la queda la plataforma. Y si te accidentas, si te enfermas, si no puedes trabajar una semana, no hay seguro, no hay licencia, no hay nada. Solo la pantalla del teléfono con el saldo en rojo.
Kazuo Ishiguro, en «Nunca me abandones», imaginó un mundo donde los clones son criados para donar órganos. No se rebelan porque les han enseñado que su propósito es noble, que su sacrificio tiene sentido. Los trabajadores precarios del mundo real no son clones, pero han sido convencidos de algo parecido: que cualquier trabajo es digno, que la indignidad es normal, que pedir más es ser vago. La ideología de la explotación no necesita grilletes: necesita la certeza internalizada de que no mereces más. Y esa certeza se reproduce en cada contrato temporal, en cada despido sin indemnización, en cada jornada que se alarga sin pago de horas extras.
Un trabajo que no permite vivir no es trabajo: es servidumbre con horario. La dignidad laboral no es un lujo escandinavo: es un derecho universal reconocido por la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Mientras el salario mínimo de Chile no cubre el costo de la canasta básica, mientras las empresas registran utilidades récord y los trabajadores duermen en la calle, la pregunta no es si el sistema funciona. La pregunta es: ¿para quién? Y la respuesta, si somos honestos, duele.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile