Sociedad
Tu temperatura en la puerta
Antes de entrar a tu oficina, un escáner infrarrojo te lee la temperatura. Si está por encima de 37.3 grados, no pasas.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# Tu temperatura en la puerta
Antes de entrar a tu oficina, un escáner infrarrojo te lee la temperatura. Si está por encima de 37.3 grados, no pasas. No importa si es por el sol, por el ejercicio, por el estrés o por la menopausia: el número dice que tienes fiebre y el número decide. Durante la pandemia, la termografía masiva se instaló en aeropuertos, escuelas, hospitales, centros comerciales y edificios de todo el mundo. Una tecnología diseñada para emergencias se convirtió en rutina, y nadie se preguntó qué pasa cuando la emergencia termina pero los escáneres se quedan.
La termografía no es una herramienta médica precisa. Los estudios científicos demostraron repetidamente que los escáneres de temperatura tienen tasas inaceptables de falsos positivos y falsos negativos. Una persona con covid puede no tener fiebre; una persona con fiebre puede no tener covid. La OMS misma desaconsejó la toma de temperatura como medida de cribado efectiva. Y sin embargo, los gobiernos la implementaron masivamente porque era visible, era barata y daba la impresión de control. La salud pública como teatro: lo importante no era detectar enfermos, sino demostrar que se estaba haciendo algo.
Lo más preocupante es el precedente biométrico. El escáner de temperatura fue la primera gran normalización del control corporal en tiempo real. Tu cuerpo, antes privado, se convirtió en dato que un sistema lee y evalúa antes de otorgarte o negarte acceso. Si aceptamos que un escáner nos lea la temperatura en la puerta del trabajo, ¿aceptaremos que nos lea el ritmo cardíaco? ¿Los niveles de cortisol? ¿La sudoración? La frontera entre la salud pública y la vigilancia biométrica es difusa, y una vez cruzada, no hay vuelta atrás.
Como escritor de distopías, pienso en los controles corporales de la ficción: las lecturas genéticas de Gattaca, los monitores biológicos de Minority Report, los chips subcutáneos de tantas novelas cyberpunk. La realidad ha sido más gradual y por eso más eficaz: no instalamos chips, instalamos escáneres. No monitoreamos el cuerpo desde dentro, lo monitoreamos desde la puerta. El efecto es similar pero la percepción es diferente: uno parece ciencia ficción, el otro parece seguridad laboral.
En Chile, durante los peores meses de la pandemia, los controles de temperatura se instalaron en supermercados, farmacias y edificios públicos. La mayoría ya han desaparecido, pero la infraestructura está ahí, lista para reactivarse. Y la aceptación social también: cuando el miedo regrese, la gente volverá a aplaudir los escáneres sin preguntar quién almacena esos datos, durante cuánto tiempo y con qué propósito. La vigilancia que se acepta en la emergencia se hereda en la normalidad.
Desde Pucón, donde la temperatura se mide todavía con termómetros de mercurio y la mano en la frente, escribo para defender la frontera del cuerpo. Tu temperatura es un dato íntimo, y su lectura debiera requerir tu consentimiento explícito, no la presión social de un cartel que dice «obligatorio para ingresar». La salud colectiva importa, pero no puede ser la coartada para una vigilancia corporal permanente. Si no ponemos límites ahora, el próximo escáner no leerá tu temperatura: leerá tu conformidad.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile