Territorio
La patera que no llegó
En 2023, más de dos mil quinientas personas murieron intentando cruzar el Mar Mediterráneo. La Organización Internacional para las Migraciones registra estas cifras con precisión burocrática: dos m...
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# La patera que no llegó
En 2023, más de dos mil quinientas personas murieron intentando cruzar el Mar Mediterráneo. La Organización Internacional para las Migraciones registra estas cifras con precisión burocrática: dos mil quinientas ochenta y ocho, dice el informe. Pero la cifra real es mayor. Muchos barcos hunden sin testigos. Muchos cuerpos no llegan a ninguna playa. Muchas personas desaparecen en el agua y nadie las cuenta porque nunca existieron en los registros de ningún país. Doscientas personas subieron a una barcaza en las costas de Libia. Cincuenta llegaron a Lampedusa. Los otros ciento cincuenta están en el fondo del mar, y sus nombres no aparecerán en ningún documento oficial.
El Tapón del Darién —esa franja de selva entre Colombia y Panamá— es otro mar, terrestre pero igual de letal. En 2023, más de medio millón de personas lo cruzaron. Venezolanos, haitianos, ecuatorianos, chinos, afganos. Cada uno de ellos cargó su vida en una mochila y entró en la selva sabiendo que podría no salir. Las mujeres violadas, los niños perdidos, los pies desechos por el barro y los parásitos: el Darién es el infierno verde que el mundo prefiere no ver. Y al otro lado, después de la selva, viene Centroamérica, viene México, viene la frontera con Estados Unidos, vienen más peligros, más muros, más muerte.
Yo pienso en esos nombres que nadie registra. Pienso en Yolanda, una mujer haitiana de treinta y dos años cuyo nombre leí en un reportaje, que cruzó el Darién embarazada y perdió al bebé en el camino. Pienso en los familiares que esperan una llamada que nunca llega, que buscan en listas de desaparecidos, que publican fotos en redes sociales con la pregunta: ¿Alguien ha visto a esta persona? La tragedia de la migración no es solo la muerte: es la desaparición, el vacío, la ausencia de cuerpo y de certezas, la imposibilidad de hacer el duelo.
En la literatura distópica, la muerte anónima es una constante. En 『The Road』 de Cormac McCarthy, los personajes se encuentran con cadáveres sin nombre en la carretera. En 『Zone One』 de Colson Whitehead, los muertos son contabilizados como datos estadísticos. La ficción intenta devolver la humanidad a quienes el sistema reduce a números, pero la realidad ya hace ese trabajo de reducción con una eficiencia espeluznante. La patera que no llegó no genera titular: genera silencio.
Chile ha sido país receptor de migración: más de un millón y medio de venezolanos han llegado en la última década, junto a haitianos, colombianos, peruanos. No todos han encontrado lo que buscaban. Pero al menos están vivos. Al menos sus nombres figuran en algún registro. Los que no llegaron —los que se hundieron, los que murieron en el Darién, los que desaparecieron en el desierto de Sonora— son la cuenta que nadie quiere hacer. Cincuenta llegaron. Ciento cincuenta no. Y el mundo sigue contando solo a los que sobrevivieron, como si los otros nunca hubieran existido.
La Organización Internacional para las Migraciones mantiene un proyecto llamado Proyecto Migrantes Desaparecidos que intenta documentar cada muerte. Pero los números son estimaciones conservadoras. El mar no entrega sus muertos, la selva no devuelve sus cuerpos, el desierto no conserva sus huesos. Cada cifra es una subestimación. Cada estadística es un epitafio incompleto.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile