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Memoria

La lengua prohibida

Rolando Fryderup · 27 de febrero de 2027 · 3 min de lectura

Hablar tu idioma es un delito. Tu cultura no existe en los libros oficiales.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# La lengua prohibida

Hablar tu idioma es un delito. Tu cultura no existe en los libros oficiales. En Chile, el mapudungun fue proscrito en las escuelas durante generaciones. Los niños mapuche que hablaban su lengua en el aula eran castigados, ridiculizados o enviados al rincón. La estrategia no era nueva: la escuela misional funcionó durante décadas como máquina de asimilación forzada. Cortar el pelo, prohibir la lengua, cambiar el nombre: la trinidad del etnocidio cultural. La lengua no es solo comunicación: es cosmogonía. Cuando matas una lengua, matas un mundo entero de relaciones, de conceptos, de formas de habitar la tierra que no tienen traducción al idioma del colonizador.

La UNESCO estima que una lengua desaparece cada dos semanas. De las siete mil lenguas que se hablan en el mundo, la mitad desaparecerá antes de que acabe el siglo. En América Latina, la pérdida es acelerada: del mapudungun al quechua, del guaraní al wayuu, las lenguas originarias sobreviven contra un sistema que las empuja hacia la extinción con la fuerza gravitacional de la economía global. El español y el portugués son los idiomas del mercado, del Estado, del poder. Las lenguas originarias son las del hogar, la ceremonia y el miedo. Y el miedo, cuando se internaliza suficientemente, se transforma en vergüenza: el hablante abandona su lengua para no ser abandonado por el sistema.

Chile tiene una deuda particular con sus pueblos originarios. El Estado chileno no reconoció constitucionalmente a los pueblos originarios hasta 2023 —y el reconocimiento fue efímero, contenido en una Constitución rechazada—. El mapudungun, hablado por más de doscientas mil personas, carece de reconocimiento oficial. Los selknam, declarados extintos por el Estado chileno en el siglo XX, aún tienen descendientes que luchan por ser reconocidos. La declaración de extinción fue, ella misma, un acto de violencia lingüística: si la gente está extinta, su lengua no existe, y si su lengua no existe, sus derechos sobre la tierra tampoco. La extinción declarada es una estrategia legal, no un dato demográfico.

La ficción distópica ha explorado la prohibición lingüística como herramienta de control. En «1984», la Neolengua reduce el vocabulario para reducir el pensamiento. En «Babel» de R.F. Kuang, el imperio controla la traducción para controlar el poder. En la vida real, la prohibición no siempre es legal: a menudo es social, económica, sutil. Hablar mapudungun en una entrevista de trabajo en Santiago es un estigma. Hablar aymara en una oficina pública en Arica es un obstáculo. La censura no siempre necesita un censor: a veces basta con la vergüenza internalizada del hablante.

La lengua prohibida es el genocidio en cámara lenta. No mata cuerpos, mata mundos. Y cada lengua que muere se lleva consigo una cosmogonía, una farmacopea, una poesía, una forma irrepetible de entender la lluvia y la muerte y el nacimiento. En Chile, defender las lenguas originarias no es un gesto folclórico: es un acto de resistencia civilizatoria. Porque un país que solo sabe decir las cosas de una manera es un país que solo puede pensar de una manera. Y eso, como bien sabía Orwell, es el inicio del totalitarismo.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

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