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Poder

La frontera que se cerró

Rolando Fryderup · 24 de septiembre de 2026 · 4 min de lectura

Un día amaneciste y ya no podías salir de tu país. Tu pasaporte, ese pequeño librito azul o rojo o verde que te prometía que el mundo te pertenecía, se convirtió en un papel sin valor.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# La frontera que se cerró

Un día amaneciste y ya no podías salir de tu país. Tu pasaporte, ese pequeño librito azul o rojo o verde que te prometía que el mundo te pertenecía, se convirtió en un papel sin valor. No cometiste ningún delito, no tienes causas pendientes, no fuiste acusado de nada. Simplemente, el Estado decidió que no puedes irte. Esto no es una hipótesis de novela: es la realidad que viven millones de personas en Rusia, Corea del Norte, y como vimos durante la pandemia, es una realidad que puede imponerse en cualquier lugar bajo la justificación correcta.

Rusia ha utilizado la restricción de salida como herramienta política de forma sistemática. Desde la invasión de Ucrania en 2022, decenas de miles de ciudadanos han sido impedidos de salir del país: opositores políticos, periodistas, académicos, y cualquiera que el sistema considere «poco confiable». La lista de personas con salida prohibida crece en secreto, sin notificación previa: la descubres cuando intentas cruzar la frontera y un funcionario te dice que no puedes. En Corea del Norte, la restricción es total y permanente: salir del país sin autorización es un delito que se paga con campos de trabajo o con la vida.

Pero la experiencia más escalofriante para quienes creíamos que las fronteras abiertas eran un logro irreversible fue la pandemia. En 2020, de la noche a la mañana, los países cerraron sus fronteras. Ciudadanos fueron impedidos de regresar a sus hogares, residentes no pudieron volver a sus familias, pasaportes perdieron validez sin previo aviso. La justificación era sanitaria, y en muchos casos legítima. Pero lo que la pandemia demostró es que la infraestructura del cierre existe, funciona y puede activarse con rapidez. La frontera que se cierra hoy por un virus puede cerrarse mañana por una idea.

Como escritor chileno, no puedo evitar pensar en los años setenta, cuando miles de compatriotas huyeron de la dictadura y miles más fueron impedidos de salir. El exilio y el destierro son palabras que creíamos enterradas en el pasado. Pero en un mundo donde los pasaportes son digitales, donde las bases de datos cruzan fronteras antes que las personas, donde un algoritmo puede decidir si eres apto para viajar, la posibilidad de que te retengan es más real que nunca. No necesitas un guardia en la puerta: necesitas un código rojo en un sistema.

La frontera cerrada es el símbolo perfecto del autoritarismo moderno. No necesita muros de concreto, aunque los hay. Le basta con un servidor, con una base de datos, con una política que convierte el derecho a salir en un privilegio revocable. Y mientras tanto, desde este sur del mundo donde las montañas aún parecen infinitas, escribo para recordar que la libertad de movimiento no es un lujo: es la condición misma de la libertad.

Cuando te quitan la salida, te quitan todo. Porque la posibilidad de irte es la última garantía contra el abuso: si el poder sabe que no puedes escapar, sabe que puede hacer contigo lo que quiera. La frontera cerrada no solo encarcela al que se queda: aterroriza al que se va, que sabe que tal vez no pueda volver. Y al que vuelve, que sabe que tal vez no pueda salir otra vez. Es la cárcel perfecta: sin barrotes, sin muros, sin llaves. Solo una pantalla que dice: usted no está autorizado a viajar.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

#autoritarismo #poder #democracia