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Sociedad

La deuda eterna

Rolando Fryderup · 25 de enero de 2027 · 3 min de lectura

Naciste debiendo. Antes de que respiraras, tu país ya había comprometido tu futuro con bancos internacionales y fondos de inversión.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# La deuda eterna

Naciste debiendo. Antes de que respiraras, tu país ya había comprometido tu futuro con bancos internacionales y fondos de inversión. En Argentina, cada bebé nace debiendo más de nueve mil dólares de deuda externa. En Chile, la deuda pública per cápita supera los cuatro mil dólares. Tú no firmaste nada, no votaste nada, no recibiste nada. Pero tu salario, tus impuestos y tus servicios públicos pagarán los intereses durante toda tu vida. ¿Eres libre o eres rehén del sistema financiero global? La libertad, cuando naces con hipoteca, es una palabra que suena a burla.

El Fondo Monetario Internacional ha condicionado préstamos a países en desarrollo desde su creación. Las recetas son siempre las mismas: ajuste fiscal, privatización, liberalización comercial. En Grecia, entre 2010 y 2018, los recortes impuestos por la troika redujeron el salario mínimo un veintidós por ciento, cerraron hospitales, desmantelaron servicios sociales y empujaron a la pobreza a un tercio de la población. La deuda se redujo marginalmente. El costo social fue devastador. En Ecuador, el ajuste de 2019 eliminó el subsidio al combustible de un día para otro, provocando protestas que paralizaron el país durante dos semanas. La democracia se detiene cuando el FMI habla. Y el FMI siempre habla desde Washington, nunca desde Quito, Nairobi o Dhaka.

David Graeber, en «Deuda: los primeros cinco mil años», demostró que la deuda no es una relación económica neutral: es una relación de poder. Quien debe, obedece. Y las deudas entre naciones funcionan como las deudas entre personas: crean jerarquías, dependencias y sumisiones. El sistema financiero global no es un mercado libre: es una arquitectura de dominación donde los acreedores siempre son del norte y los deudores siempre son del sur. El historial es largo: desde las deudas de independencia de Haití —que pagó a Francia durante ciento veintidós años por la «pérdida» de sus esclavos— hasta los bonos Brady de los años noventa, la deuda ha sido una cadena invisible pero resistente.

La ficción distópica ha explorado la deuda como control social. En «El cuento de la criada», las mujeres son propiedad del Estado. En «Los juegos del hambre», los distritos deben tributo al Capitolio como castigo histórico. En «Los desposeídos» de Ursula K. Le Guin, la deuda planetaria es el mecanismo que mantiene a un mundo subordinado a otro. Pero la deuda soberana moderna es un mecanismo más sofisticado: no necesita violencia directa. Necesita intereses compuestos, calificadoras de riesgo y cartas de intención. La violencia es estructural, no personal. Y por eso es más difícil de nombrar y más fácil de normalizar.

Mientras Chile destina más del diez por ciento de su presupuesto al servicio de la deuda, los hospitales colapsan, las escuelas se caen y las pensiones no alcanzan. Cada peso que va a Wall Street es un peso que no va a tu barrio. La deuda eterna no es un fenómeno económico: es una sentencia. Y hasta que no la cuestionemos como tal, seguiremos naciendo con la hipoteca ya firmada y la firma borrosa, como si la hubiéramos firmado dormidos. Quizás lo fue.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

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