Poder
La constitución reescrita
Cuando quien tiene el poder cambia las reglas para quedarse, ¿es democracia o es fraude constitucional?
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# La constitución reescrita
Cuando quien tiene el poder cambia las reglas para quedarse, ¿es democracia o es fraude constitucional? La pregunta debiera ser retórica, pero en buena parte del mundo se ha convertido en un debate genuino. Nicaragua, Venezuela, Rusia, Hungría, Turquía: en todos estos países, los gobernantes han reformado las constituciones para eliminar límites a su permanencia en el poder. No dieron golpes de estado: reescribieron la ley para que el golpe fuera legal.
Daniel Ortega ha gobernado Nicaragua desde 2007. En 2014, reformó la constitución para eliminar la prohibición de reelección. En 2024, una nueva reforma le permitió gobernar de por vida. En Venezuela, Hugo Chávez impulsó una reforma en 2009 que eliminó los límites a la reelección, y Nicolás Maduro ha mantenido el poder mediante un tribunal supremo que interpreta la constitución a su medida. En Rusia, Vladimir Putin orquestó una reforma constitucional en 2020 que, entre otras cosas, reinició su conteo de mandatos, permitiéndole gobernar hasta 2036. En todos los casos, las reformas se sometieron a referendos. En todos los casos, los resultados fueron cuestionados. Y en todos los casos, el poder ganó.
Lo que estos ejemplos revelan es una verdad incómoda: las constituciones no se protegen a sí mismas. Son documentos que dependen de la voluntad política de quienes los aplican. Cuando el poder legislativo, el judicial y el electoral están controlados por el mismo partido, la constitución se convierte en un instrumento más, no en un límite. Hungría lo demostró de forma ejemplar: Viktor Orbán no derogó la democracia, la reformó. Cambió las reglas electorales, packeó los tribunales, silenció a la prensa. Todo legal. Todo constitucional. Todo autoritario.
Como chileno, observo esto con doble inquietud. Vivimos nuestro propio proceso constituyente con la esperanza de que una nueva carta fundamental pudiera corregir las fallas de la heredada de la dictadura. Y fracasamos dos veces. La experiencia nos enseñó que escribir una constitución es tan político como cualquier otro acto de poder, y que el texto perfecto no sirve si no hay cultura democrática que lo respalde. Pero también nos enseñó lo contrario: que al menos intentamos cambiar las reglas desde abajo, no desde arriba.
La reescritura constitucional desde el poder es la forma más elegante de autogolpe. No hay tanques en las calles, no hay estados de excepción, no hay dictadores en uniforme. Hay abogados, legislaturas, referendos. Hay una ficción de legalidad que permite al autócrata decir: «Yo no rompí las reglas, las cambié». Y mientras la comunidad internacional debate si se trata de una maniobra autoritaria o de un proceso democrático, el gobernante ya está firmando su próximo mandato.
La constitución reescrita no es una aberración: es el manual de instrucciones del autoritarismo del siglo XXI. Y la lección para las democracias que aún funcionan es clara: la mejor constitución es aquella que no puede ser modificada por quien ejerce el poder sin consensos amplios, sin controles independientes, sin legitimidad real. Proteger la constitución no es proteger un papel: es proteger el equilibrio que impide que un solo hombre confunda su voluntad con la ley. Cuando ese equilibrio se rompe, la constitución sigue existiendo, pero como un cadáver: tiene la forma de lo que fue, pero ya no respira.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile