Poder
Internet con muros
En China no puedes buscar ciertas palabras. No es una metáfora: si escribes «masacre de Tiananmén» en Baidu, el buscador no arroja resultados.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# Internet con muros
En China no puedes buscar ciertas palabras. No es una metáfora: si escribes «masacre de Tiananmén» en Baidu, el buscador no arroja resultados. Si intentas acceder a Wikipedia en chino desde el continente, la página no carga. Si publicas ciertas frases en WeChat, tu mensaje se envía pero nunca llega. El Gran Cortafuegos, ese sistema de censura y vigilancia que regula el internet de mil cuatrocientos millones de personas, funciona tan bien que la mayoría de sus usuarios no sabe que existe. Para ellos, internet es lo que ven. Y lo que no ven, simplemente no existe.
El modelo chino demostró algo que los autoritarismos del siglo XX jamás lograron: que es posible tener internet y controlarlo. La vieja utopía digital, esa que prometía que la red sería un espacio libre por diseño, ha muerto. China no desconectó a su población del mundo digital: construyó un mundo digital paralelo, controlado, donde los ciudadanos pueden comprar, entretenerse y comunicarse, pero solo dentro de los límites que el Partido define. Es la distopía perfecta: una jaula dorada donde el prisionero no se siente prisionero porque la jaula incluye series, compras y redes sociales.
Lo que debería preocuparnos no es solo China: es la exportación del modelo. Rusia ha avanzado rápidamente hacia un internet soberano con su ley Runet, que permite al gobierno desconectar la red rusa del resto del mundo. Irán, Arabia Saudita, Egipto y Turquía han desarrollado sofisticados sistemas de bloqueo y vigilancia. Pero lo más inquietante es que países democráticos también discuten la posibilidad de fragmentar internet: la Unión Europea debatió regulaciones que podrían permitir el bloqueo de plataformas, y en América Latina, proyectos de ley de control digital se multiplican bajo el eufemismo de «seguridad cibernética».
Cada muro digital crea un habitante diferente. El internauta chino no es el mismo que el internauta español, no porque sean personas distintas, sino porque viven en universos informativos distintos. Cuando la realidad que percibes está filtrada, tus opiniones, tus miedos y tus deseos también lo están. Es la forma más elegante de control: no te dice qué pensar, te dice qué hay para pensar. Y si nunca ves la alternativa, ¿cómo podrías desearla?
Escribo distopías para imaginar lo que viene, pero el Gran Cortafuegos ya está aquí. La pregunta no es si tu internet tendrá muros, sino quién los construirá y con qué justificación. La seguridad nacional, la protección de menores, la lucha contra la desinformación: cada muro necesita una razón noble. Y cada muro, una vez levantado, es muy difícil de derribar. Navegar libremente por internet debería ser un derecho. Mientras no lo sea, todos somos potenciales prisioneros digitales.
La primera vez que un amigo chino me explicó que en su país no existía Google, pensé que exageraba. Luego entendí: no exageraba, naturalizaba. Para él, internet sin Google era simplemente internet. Esa es la trampa del muro digital: no necesitas odiar lo que no conoces. No necesitas rebelarte contra lo que nunca existió. El Gran Cortafuegos funciona porque la mayoría de quienes viven detrás de él nunca supieron qué había al otro lado. Y ese es el modelo que se exporta: no la represión del acceso, sino la fabricación de la indiferencia.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile