← Volver a columnas

Poder

El vecino que te denuncia

Rolando Fryderup · 30 de septiembre de 2026 · 4 min de lectura

Imagina que tu vecino, el que te saluda cada mañana, puede denunciarte ante las autoridades por algo que dijiste en la cena del domingo.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# El vecino que te denuncia

Imagina que tu vecino, el que te saluda cada mañana, puede denunciarte ante las autoridades por algo que dijiste en la cena del domingo. No por un delito real, sino por una opinión, un comentario, una sospecha. Y que el Estado lo premia por hacerlo. En Cuba, el Comité de Defensa de la Revolución funciona exactamente así: cada cuadra tiene su vigilante, cada edificio tiene su informante. En China, la aplicación Zhengwu presenta un sistema de puntos donde los ciudadanos reciben recompensas por reportar a quienes critican al gobierno. En Corea del Norte, el sistema de inminban organiza a los vecinos en células de vigilancia mutua donde la desconfianza es obligatoria.

La denuncia ciudadana como herramienta de control no es un invento contemporáneo. La Gestapo nazi dependía enormemente de las delaciones de ciudadanos comunes. La Stasi en Alemania del Este mantuvo una red de informantes que abarcaba a uno de cada sesenta y seis habitantes. Pero lo que cambia en el siglo XXI es la escala y la tecnología. Ya no necesitas que un agente se presente en tu puerta: basta con una aplicación en el teléfono, un formulario en línea, una línea anónima. La fricción entre la intención de denunciar y el acto de hacerlo se ha reducido a cero.

El efecto corrosivo de estos sistemas no es solo la represión: es la destrucción de la confianza social. Cuando no sabes si tu amigo, tu colega o tu familiar podría estar reportando tus palabras, la conversación se marchita. Los susurros sustituyen a los debates. La vida íntima se retrae. Y el poder no necesita un policía en cada esquina: tiene millones de ojos voluntarios que vigilan por convicción, por miedo o por recompensa. Es el panóptico de Bentham perfeccionado: no solo te observan, sino que tú observas a los demás, y todos saben que todos observan.

En Chile, durante la dictadura, la DINA y la CNI también dependieron de informantes. Barrios enteros fueron sembrados de delatores que reportaban actividad sospechosa, que en la práctica significaba cualquier actividad. La herida sigue abierta: todavía hay familias que no hablan porque uno de los suyos fue delator. Y sin embargo, hoy discutimos líneas de denuncia anónima para reportar «discurso de odio» o «terrorismo» sin darnos cuenta de que la herramienta es la misma; solo cambia la justificación.

La línea entre la legítima denuncia de un delito y la delación como instrumento de control es más delgada de lo que parece. Cada vez que un Estado incentiva a sus ciudadanos a vigilar a otros, está sembrando desconfianza. Y la desconfianza, una vez instalada, es el fertilizante perfecto del autoritarismo. Un pueblo que no confía en su vecino no se organiza. Un pueblo que no se organiza no resiste. Y un pueblo que no resiste obedece.

Desde mi escritorio en Pucón, donde los vecinos aún se prestan azúcar y se saludan por nombre, la idea de la delación generalizada me parece una aberración lejana. Pero sé que no lo es. La tecnología ha acortado la distancia entre la sospecha y la denuncia a un toque de pantalla. Y cuando la delación se digitaliza, se democratiza el miedo. Cada app de denuncia, cada línea anónima, cada sistema de recompensas por reportar es un ladrillo más en el muro de la desconfianza. Y los muros, una vez levantados, dividen más de lo que protegen.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

#autoritarismo #poder #democracia