Territorio
El último vaso de agua
Ciudad del Cabo estuvo a noventa días de quedarse sin agua en 2018. Noche tras noche, los noticieros mostraban recipientes vacíos y caras desesperadas.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# El último vaso de agua
Ciudad del Cabo estuvo a noventa días de quedarse sin agua en 2018. Noche tras noche, los noticieros mostraban recipientes vacíos y caras desesperadas. El Día Cero, el momento en que las llaves dejarían de funcionar, se convirtió en una cuenta regresiva que el mundo observó con fascinación y horror. La ciudad implementó restricciones drásticas: veinticinco litros por persona por día, multas para los infractores, puntos de distribución controlados. Al final, las lluvias llegaron y el desastre se evitó por poco. Pero la pregunta quedó flotando como humo sobre un incendio: ¿y si la próxima vez no llueve?
La crisis hídrica no es exclusiva de Sudáfrica. Ciudad de México, una de las urbes más grandes del mundo, se hunde mientras sus acuíferos se agotan. En India, la ciudad de Chennai se quedó sin agua en 2019 y tuvo que ser abastecida por trenes. En Chile, comunidades rurales del norte llevan años enfrentando escasez, mientras las empresas mineras y agrícolas consumen el recurso con permisos estatales. El agua, ese recurso que cubre el setenta por ciento del planeta, se está convirtiendo en un lujo. Y no porque falte en términos absolutos, sino porque su distribución y su calidad son cada vez más desiguales.
El problema no es la cantidad total de agua sino su distribución, su gestión y su calidad. El agua dulce accesible representa menos del uno por ciento del total mundial. El cambio climático altera los patrones de lluvia, los glaciares que alimentan ríos se derriten y la contaminación hace inservible lo que queda. La ONU estima que para 2025, dos tercios de la población mundial podrán enfrentar escasez de agua. No es una predicción lejana: es una tendencia actual que se acelera cada año.
Lo que más me inquieta es la inequidad. Cuando el agua escasea, no escasea para todos por igual. Los ricos compran agua embotellada, instalan plantas desalinizadoras, construyen piscinas. Los pobres caminan kilómetros, beben agua contaminada, esperan en filas. En Ciudad del Cabo, los townships sufrieron las restricciones mucho antes que los barrios ricos. El agua, como todo recurso escaso, se convierte en un marcador de clase, y la escasez se transforma en otra forma de desigualdad.
Hablar de agua en Chile es hablar de una herida abierta. La privatización bajo la Constitución de 1980 convirtió un derecho en mercancía, y la explosión social de 2019 gritó lo que muchos ya sabían: el agua no es de quien la compra sino de quien la necesita. Como escritor desde Pucón, donde los ríos aún corren pero ya no pertenecen a la comunidad, escribo "El crudo invierno del 91" como espejo de esta realidad. Cuando el agua se agota para quienes no pueden pagarla, la distopía no es un futuro lejano: es el presente rural de Chile, donde el último vaso se vende al mejor postor.
En mis ficciones distópicas, el agua es la moneda del futuro: quien la tiene manda, quien no la tiene obedece. No es una metáfora lejana. En comunidades de Chile, la sequía ya es política. Ya hay países donde el agua se privatiza, se vende, se negocia. El último vaso de agua no es el final de una historia: es el principio de una guerra que ya empezó y que pocos quieren reconocer. Y esa guerra, a diferencia de las que conocemos, no se libra con balas sino con gotas.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile