Territorio
El último invierno
Los glaciares andinos retroceden metros cada año. La nieve en Pucón ya no es lo que era cuando yo era niño.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# El último invierno
Los glaciares andinos retroceden metros cada año. La nieve en Pucón ya no es lo que era cuando yo era niño. En el Ártico, el hielo se derrite a un ritmo que los científicos no predijeron para esta década. Los inviernos se acortan, las primaveras se adelantan, los veranos se alargan y los otoños desaparecen. No es una impresión subjetiva: es un dato medible, documentable y alarmante. Y lo más doloroso es que lo vemos con nuestros propios ojos, año tras año, sin que la urgencia se traduzca en acción.
El glaciar Echaurren, en la cuenca del Maipo que abastece de agua a Santiago de Chile, ha perdido más del ochenta por ciento de su superficie en medio siglo. El glaciar Upsala, en Santa Cruz, retrocede doscientos metros al año. El Jorge Montt, más de un kilómetro anual. Cada centímetro de hielo que desaparece es agua que no volverá a congelarse, un recurso que se pierde para siempre, un reloj que no se puede detener. Los glaciares son los archivos del clima planetario, y están borrándose página por página.
Lo que vivimos en Pucón es un microcosmos del planeta. Cuando era niño, el Villarrica se cubría de blanco hasta la base. Ahora la nieve se retira a cotas cada vez más altas. Las estaciones de esquí luchan por sobrevivir, las temporadas turísticas se acortan y los ríos que nacen del deshielo llevan menos agua cada año. No es nostalgia: es observación de alguien que ha visto cambiar el paisaje de su infancia en tiempo real. Y ese cambio no es gradual; es acelerado, visible, irreversibles.
El informe del IPCC es inequívoco: si no reducimos drásticamente las emisiones, el Ártico podría quedar libre de hielo en verano antes de 2050. Las consecuencias son devastadoras: aumento del nivel del mar, alteración de las corrientes oceánicas, liberación de metano atrapado en el permafrost, extinción de especies adaptadas al frío. No es un escenario lejano; es la trayectoria actual. Y cada año que pasa sin acción drástica es un año que el hielo no perdona.
Desde Pucón, mi pueblo en el sur de Chile, he visto cómo los inviernos se acortan, cómo la nieve retrocede en el Villarrica, cómo las lluvias que definían la estación ahora llegan tarde o no llegan. No lo leí en un informe: lo vi desde mi ventana. El último invierno no es una hipérbole literaria; es la cronología de un paisaje que se transforma. En "El crudo invierno del 91", el frío que da título al libro es un frío que se extingue, un invierno que quizá sea el último. Escribir distopía desde un lugar que se desvanece no es ficción: es testimonio.
En mis cuentos, el último invierno es un momento de duelo colectivo: la generación que recuerda la nieve y la generación que solo conoce el calor. Pero el duelo no es solo emocional; es material. Sin nieve no hay agua, sin agua no hay agricultura, sin agricultura no hay comida, sin comida no hay paz. El último invierno no es el final de una estación: es el principio de una era de escasez que ya estamos viviendo. Y si no lo detenemos, la nieve que hoy recordamos será mañana un cuento que le contamos a nuestros nietos como si fuera fantasía.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile