Memoria
El testigo que calló
Viste todo. Pero hablar es morir.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# El testigo que calló
Viste todo. Pero hablar es morir. ¿El silencio es cobardía o supervivencia? En Chile, miles de personas vieron, escucharon y supieron. El funcionario que procesó los papeles sin leerlos. El médico que atendió heridas sin preguntar. El vecino que escuchó gritos en la noche y cerró la ventana. El soldado conscripto que montó guardia frente a un centro de detención y eligió no mirar. La cadena de silencio no está hecha solo de monstruos: está hecha de personas comunes que tomaron la decisión más humana y más terrible: la de sobrevivir. Y la supervivencia, en una dictadura, tiene un precio que se cobra en la conciencia.
La protección de testigos y denunciantes es una de las asignaturas pendientes de la justicia transicional chilena. Los testigos de violaciones a los derechos humanos enfrentaron amenazas, represalias y ostracismo. El caso de la Operación Colombo —la falsa noticia de que ciento diecinueve detenidos desaparecidos habían huido al extranjero— involucró a periodistas que publicaron la mentira sabiendo que era mentira. Habrían podido hablar. No hablaron. Y quienes sí hablaron —como el agente del DINA Michael Townley, que confesó los asesinatos de Orlando Letelier y Rodrigo Rojas de Negri— lo hicieron desde la protección del acuerdo judicial, no desde la valentía moral. La verdad, en un sistema represivo, solo emerge cuando hay algo que ganar o nada que perder.
La sociología del silencio tiene nombres propios. El sociólogo Eviatar Zerubavel estudia «la conspiración del silencio»: los tabúes colectivos que hacen que ciertos temas sean innomblables. En Chile posdictadura, durante años fue de mala educación hablar de política en la mesa. «No hablemos de eso», decía la abuela. «Para qué revolver», añadía el tío. El silencio no era ignorancia: era pacto social. Y el pacto funcionó durante décadas, hasta que el estallido de 2019 lo rompió con la misma violencia con que se había impuesto. El silencio no era paz: era una tregua que nadie había firmado pero todos respetaban.
La ficción ha retratado el dilema del testigo con complejidad moral. En «La vida de los otros», el stasi que vigila acaba compadeciendo, pero su compasión es silenciosa y no salva a nadie del todo. En «El lector» de Bernhard Schlink, el silencio sobre el pasado nazi es a la vez protección y condena. En la realidad chilena, el silencio tiene una función práctica concreta: te mantiene vivo, te mantiene empleado, te mantiene en la comunidad. Pero te corroe. Y la corrosión, a diferencia del disparo, no se ve hasta que la estructura se derrumba. El silencio es un ácido lento que disuelve desde adentro.
El testigo que calló no es un villano. Es una víctima más del sistema que crea las condiciones del silencio. Pero el perdón —si es que llega— requiere la verdad. Y la verdad requiere voz. En Chile, cada vez que un testigo rompe el silencio —como los ex militares que han confesado ubicaciones de fosas comunes—, se rompe un eslabón de la cadena. La pregunta no es si quienes callaron fueron cobardes. La pregunta es: ¿creamos las condiciones para que pudieran hablar? Y si la respuesta es no, entonces el silencio no es solo de ellos. Es de todos. Y la responsabilidad de romperlo también.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile