Territorio
El niño separado
En 2018, bajo la política de «tolerancia cero» del gobierno de Trump, más de dos mil setecientos niños fueron separados de sus padres en la frontera entre Estados Unidos y México.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# El niño separado
En 2018, bajo la política de «tolerancia cero» del gobierno de Trump, más de dos mil setecientos niños fueron separados de sus padres en la frontera entre Estados Unidos y México. Algunos tenían meses de vida. La mayoría eran centroamericanos que huían de la violencia. Las imágenes dieron la vuelta al mundo: niños en jaulas de alambre, llorando detrás de mallas, sin sus padres, sin entender qué estaba pasando. Tenían cuatro años, tres años, ocho meses. No entendían por qué los habían arrancado de los brazos de su madre. No entendían por qué nadie les explicaba cuándo los volverían a ver.
La separación familiar como política migratoria no es exclusiva de Estados Unidos. En Europa, Dinamarca aprobó en 2018 una ley que permite confiscar las joyas y valores de los refugiados al cruzar la frontera —una medida diseñada para disuadir—. En Australia, el sistema de detención offshore en Nauru mantuvo a familias enteras en campamentos durante años. Los niños crecieron detrás de alambradas, desarrollaron trastornos de ansiedad, intentaron suicidarse. Un informe de Amnistía Internacional documentó casos de autoinmolación entre adolescentes detenidos en la isla. Todo en nombre del control fronterizo, todo bajo la coartada de la soberanía nacional.
El daño psicológico de la separación es profundo y duradero. La Academia Americana de Pediatría advirtió que la separación forzada causa toxic stress, un tipo de estrés que altera el desarrollo cerebral del niño y aumenta el riesgo de enfermedades mentales y físicas a lo largo de la vida. Los niños separados experimentan lo que los psicólogos llaman «duelo ambiguo»: no saben si sus padres están vivos o muertos, si volverán o los han abandonado. Es una tortura emocional infligida por el Estado a seres que no tienen la capacidad de comprenderla.
La ficción distópica ha retratado la separación familiar con brutalidad. En 『The Handmaid's Tale』, los hijos son arrancados de sus madres. En 『Elysium』, la élite vive en el espacio mientras las familias pobres se separan en la Tierra. Pero la realidad supera a la ficción: en la frontera de Texas, agentes de migración tomaron a una bebé hondureña de siete meses de los brazos de su madre y la enviaron a un centro en Michigan, a dos mil kilómetros de distancia. La madre fue deportada sin su hija. Pasaron meses antes de que se reunificaran.
Un niño separado de sus padres es una herida abierta en la conciencia de la humanidad. No hay política migratoria, ningún argumento de seguridad, ninguna justificación burocrática que pueda legitimar semejante crueldad. Cada niño que llora detrás de una malla es un cargo contra todos nosotros. Y cuando el poder político usa a los niños como instrumento de disuasión, ha cruzado una línea que ninguna democracia debería permitir. Un Estado que separa niños de sus padres no los está protegiendo: los está usando como rehenes.
En Chile, durante 2018 y 2019, se reportaron casos de migrantes haitianos y venezolanos cuyos hijos nacidos en el país enfrentaron demoras de meses para obtener documento de identidad. No fueron separados físicamente, pero la burocracia los mantuvo en un limbo: sin salud, sin educación, sin existencia formal. La separación no siempre es física: a veces es administrativa, y duele igual.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile