Territorio
El muro de 30 metros
Hay un muro que separa Tijuana de San Diego, otro que divide Cisjordania de Israel, otro que corta Hungría de Serbia, y otro más —el más largo del mundo— que recorre miles de kilómetros entre India...
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# El muro de 30 metros
Hay un muro que separa Tijuana de San Diego, otro que divide Cisjordania de Israel, otro que corta Hungría de Serbia, y otro más —el más largo del mundo— que recorre miles de kilómetros entre India y Bangladesh. En 2023, había más de setenta muros fronterizos operativos en el planeta. Setenta cicatrices de cemento, acero y alambre de púas que los seres humanos levantaron para impedir que otros seres humanos caminaran sobre la Tierra. Yo los he visto en fotografías, los he estudiado en mapas, y cada vez me pregunto lo mismo: ¿qué tipo de civilización construye paredes para resolver el problema de que la gente huye?
Imaginen ahora un muro que no divide dos países sino que rodea una ciudad entera. Treinta metros de altura, torres de vigilancia cada quinientos metros, sensores térmicos y drones patrullando el perímetro. Del lado de adentro, los ciudadanos —los que tienen papeles, los que pertenecen—. Del lado de afuera, los demás. No es ciencia ficción: es la lógica del muro llevada a su conclusión natural. Si aceptamos que un muro puede dividir naciones, aceptamos que puede dividir ciudades, barrios, calles. La arquitectura de la exclusión no se detiene sola: encuentra siempre un nuevo lugar donde levantarse.
Donald Trump prometió un muro en la frontera con México y parte de ese muro se construyó. Viktor Orbán erigió una valla de alambre en la frontera húngara y la llamó defensa de la civilización cristiana. Netanyahu expandió el muro de Cisjordania y lo bautizó barrera de seguridad. Cada muro tiene su eufemismo. Cada muro tiene su justificación. Pero todos funcionan igual: dividen la humanidad entre los que pueden cruzar y los que no, entre los que merecen circular y los que deben quedarse quietos. La retórica cambia; la arquitectura del poder no.
En la ficción distópica, los muros son ubicuos. El muro de 『Brave New World』 separa la civilización de las reservas salvajes. El muro de 『The Hunger Games』 separa los distritos del Capitolio. En 『The Wall』 de Marlen Haushofer, una barrera invisible aísla a una mujer del resto del mundo. La distopía sabe que el muro es la herramienta más antigua del poder: definir quién está dentro y quién fuera, quién existe y quién desaparece. Y cada vez que un escritor inventa un muro, está describiendo uno que ya existe.
Pero los muros no funcionan. La historia lo demuestra una y otra vez: el Muro de Berlín cayó, la frontera entre las dos Coreas no podrá mantenerse para siempre, y cada muro nuevo genera más sufrimiento, más muertos, más crueldad. Los muros no detienen a los desesperados: los empujan hacia rutas más peligrosas, más letales. El muro de treinta metros es un monumento al fracaso moral de quienes lo construyen. Y cada ladrillo que se apila es una confesión: preferimos encerrarnos antes que compartir el mundo.
En América Latina, la frontera entre México y Estados Unidos se ha convertido en un teatro de la crueldad: familias que esperan meses en Tijuana, solicitantes de asilo devueltos a ciudades peligrosas bajo la política de «Quédate en México», migrantes que intentan cruzar el desierto y mueren de deshidratación. El muro no detiene la migración: la criminaliza. Y criminalizar la supervivencia es la forma más cobarde de negar un problema.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile