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Poder

El libro prohibido

Rolando Fryderup · 21 de septiembre de 2026 · 3 min de lectura

En 2025 se prohibieron más libros en escuelas y bibliotecas públicas que en cualquier año reciente en Estados Unidos.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# El libro prohibido

En 2025 se prohibieron más libros en escuelas y bibliotecas públicas que en cualquier año reciente en Estados Unidos. La Pen America documentó más de cuatro mil títulos retirados de circulación escolar en el ciclo académico anterior, la mayoría por mencionar sexualidad, raza o identidad de género. Cuatro mil libros. En el país que se jacta de tener la Primera Enmienda. Si esto ocurre allí, imagínese lo que ocurre donde no hay enmienda alguna.

La censura de libros no es un fenómeno nuevo, pero su escala sí lo es. En Estados Unidos, grupos organizados han logrado que distritos escolares enteros retiren obras de autores como Toni Morrison, Margaret Atwood y Art Spiegelman. En otros países, la censura es más directa: en Rusia, la ley sobre «propaganda LGBT» ha provocado la retirada de decenas de títulos de librerías; en China, cualquier libro que desafíe la narrativa del Partido es eliminado no solo de las tiendas sino de las plataformas digitales; en Irán, la publicación de libros requiere autorización previa del Ministerio de Cultura.

Como lector y escritor, la prohibición de libros me toca en lo más íntimo. En mis novelas, el régimen quema bibliotecas. Pero la realidad es más sofisticada: no queman libros, los retiran silenciosamente de los catálogos, los eliminan de las estanterías digitales, los declaran «no apropiados para menores». El resultado es el mismo: el lector no encuentra el libro. La diferencia es que el método nuevo no deja cenizas ni titulares. No hay fotografía impactante de una pira ardiente que movilice la indignación. Solo hay un espacio vacío en la estantería donde antes había una idea.

Lo más revelador es el patrón: los libros que se prohíben son siempre aquellos que desafían alguna forma de poder. No se prohíben las novelas románticas ni los manuales de cocina. Se prohíben los que hablan de racismo, de sexualidad, de disidencia, de memoria. Ray Bradbury lo supo antes que nadie: en Fahrenheit 451, los bomberos no apagaban incendios, los provocaban. El fuego era la herramienta del olvido. Hoy el fuego es digital, pero el propósito es idéntico: controlar qué puede ser pensado.

La pregunta que cada lector debiera hacerse es: ¿cuál es tu libro prohibido? ¿Qué título se llevarían de tu estantería si pudieran? Porque la censura nunca se detiene en el primer libro. Es un apetito que crece con cada prohibición. Hoy retiran un libro sobre diversidad sexual; mañana uno sobre historia indígena; pasado uno sobre dictaduras latinoamericanas. Y un día, sin que nadie lo note, la biblioteca entera será un espacio seguro para el poder y un desierto para la imaginación.

En Chile conocimos la censura literaria durante la dictadura: libros quemados, editoriales clausuradas, autores en el exilio. Creímos que esa página estaba cerrada, pero la historia demuestra que la censura muta, no desaparece. La batalla por la libertad de leer no se gana una vez para siempre: se libra cada día, en cada biblioteca, en cada aula, en cada hogar donde alguien abre un libro y descubre un mundo que otro quería mantener oculto. Defender ese acto es defender la posibilidad misma de imaginar algo distinto.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

#autoritarismo #poder #democracia